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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 27 de junio de 2019

#frentealamuerte

Varias veces me he preguntado a mí mismo qué pasaría si hoy fuera mi último día de vida. El último, qué contundente, qué agobiante, qué normal. El último y ya, contar los minutos que quedan, no como una cuenta regresiva pasiva sino intensa, alegre, algo nerviosa, porque por más que se escriba de la muerte nada sabemos de ella, solo hipótesis que hacen más contundente la vida. La muerte la sentimos más por los demás que por nosotros mismos. Darnos cuenta de que alguien muy amado, cuando menos lo imaginemos, no estará nos pone los nervios de punta, nos hace derramar lágrimas por adelantado en una sala de cine apenas apagan la luz. ¿Alguna vez se han imaginado la vida sin alguien y han llorado un poquito? Yo sí. Pero luego eso se pasa, todo pasa y uno, bien o mal, se acostumbra, se acostumbra a la vida hasta que un día, tal vez un poco antes de las 10 de la noche se muere tu padre a los 20 años, así de repente, cuando eras demasiado joven para suponer que los padres se mueren. Se mueren los demás, creemos siempre, ¿pero los nuestros?, es difícil imaginarlo.

Después de ese instante nada vuelve a ser como antes. A lo largo de los años yo he agradecido la muerte y la he detestado un poco. Le he agradecido porque ya sé que existe, vive, baila por ahí feliz de hacer bien su trabajo. Y al saberla cerca, rondando, pues intento vivir como si todos los días muriera un poco, o se me muriera alguien. No siempre lo cumplo, por supuesto, es fácil acostumbrarse a vivir, a apegarse, a enfrascarse en cosas absurdas que uno sabe son absurdas ante la inminente muerte. Y también la he detestado porque me he vuelto frío, calculador, como si todos fuéramos tan efímeros que si alguien que yo quiero se muere pues pienso que eso tenía que pasar. Si alguien busca consuelo en mí, a veces le digo: así es la vida.

Frente a este tema, la vida y la muerte, no tengo en realidad muchas certezas, pero me gusta pensar ambas como un complemento. Por eso me encantó que la última edición de la revista Comfama estuviera dedicada a estos temas, bien dice en la portada: “Contra la muerte, coros de alegría”. Me sentí muy identificado con la columna de David Escobar y con lo que escribió Claudia Restrepo: “Cuando comprendemos que la vida y la muerte son compañeras inseparables y que cada día morimos un poco, su llegada definitiva se siente como un parto espiritual, donde algo que parecía un misterio sin develar se acerca a ti con un sentido sublime, bello y doloroso a la vez”, dice ella.

A la muerte no hay que temerle, hay que vivirla, y así cada muerte siga sorprendiéndonos y sea imposible acumular experiencias de muerte, bien vale la pena preguntarnos #frentealamuerte ¿qué hacemos?, ¿qué haríamos?

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