A pesar de “el último día de la guerra”, celebrado con gran alborozo hace muy poco, Colombia parece condenada a no tener paz ni tranquilidad.
Un paro camionero de cuarenta y seis días con sus noches que nos dejó los bolsillos desangrados, la carestía al límite de lo imposible y las estanterías medio vacías. Un plebiscito por la paz que nos desune. Un referendo para reversar la adopción de niños por parte de parejas homosexuales que también nos desune. La corrupción que no cesa y el cinismo de los implicados en ella, entre otros aderezos, hacen del nuestro un país vulnerable. Se atropella al ciudadano, al campesinado trabajador y a los empresarios honrados hasta con los camiones parados.
En contraposición a tantas cosas malucas que nos pasan a...