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Humberto Montero
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Gordos

Por Humberto Montero
hmontero@larazon.es
@humberplanet

Cuando era un niño las cosas estaban claras. Había buenos y malos tan definidos que no había duda del bando a elegir. Sin embargo, a mí siempre me asaltaba el recelo. Por mucho que los indios fueran unos zarrapastrosos, malolientes y despiadados, unos salvajes capaces de raptar pelirrojas pecosas recién llegadas de Glasgow y unos pésimos bebedores, de ahí su estrábica puntería, y los vaqueros resultaran unos cachos de pan, pendencieros y cantarines, pero piadosos y puritanos al fin, siempre me parecía que había gato encerrado. A ver si no por qué los sioux, cherokees y las demás tribus indias se negaban a que por sus tierras pasara el ganado, las caravanas de colonos y el ferrocarril. Que no querían ver un rostro pálido ni en pintura, vaya. Por algo sería.

Cuando era un niño las cosas eran blancas o negras, pero yo fui siempre un niño puñetero. No me fiaba de los piratas, por muy simpáticos que me cayeran, pues su única actividad era robar, saquear y vivir del cuento y del trabajo ajeno, y los rebeldes republicanos de Stars Wars me resultaban unos mojigatos, más sosos que un bocata de pan. Por mí los podían freír a todos con los rayos láser rojos del Imperio.

Sin embargo, después de unos cuantos años reflexionando, he de admitir que, aún con matices, hay gente mala por naturaleza. Gente que, por lo que sea, disfruta puteando al prójimo con ganas. Pirados a los que les regocijan las desgracias ajenas más que un lapicero a un tonto.

Y hemos de convenir que igual que hay malos malísimos, hay vagos, caraduras y todo tipo de personas dispuestas a desperdiciar su vida y vivir de nuestros impuestos.

Y hay pobres, gordos, borrachos y drogadictos a los que no estamos obligados a ayudar porque ellos mismos han decidido no hacerlo.

Esto viene a cuento del globo sonda electoral lanzado por el primer ministro británico, el conservador David Cameron, que ha anunciado un plan para recortar las prestaciones sociales a los desempleados británicos con problemas de obesidad que no cumplan el tratamiento médico para adelgazar.

El jefe del Gobierno británico ha trasladado su propuesta al ministerio de Salud para que evalúe las pautas en las que tanto los obesos como los alcohólicos y drogadictos «con condiciones tratables» que no se sometan a terapia podrían perder los subsidios estatales. «Algunos tienen problemas de alcohol o de drogas, pero rechazan tratarse. En otros casos, hay gente que tiene problemas de peso que se podrían solventar, pero en lugar de eso eligen llevar una vida sustentada por las ayudas y no trabajar», explicó Cameron. Para el primer ministro, «no es justo pedir a los contribuyentes, que trabajan duro, que costeen los subsidios de la gente que rechaza la ayuda y el tratamiento que les podría llevar de nuevo a la vida laboral».

Y les puedo asegurar que no le falta razón. En Reino Unido, donde bajo la legislación actual no se requiere someterse a tratamiento para pedir prestaciones, cerca del 60% de los 2,5 millones de personas que reciben subsidios por enfermedad llevan cobrando esas ayudas más de cinco años. Están tan “ricamente” recibiendo cheques, metidos en sus casas atiborrándose de comida basura, alcohol o drogas.

Hablamos de esa gente para la que la verdura es una especie de kriptonita. Esas personas que en lugar de llevar la foto de su familia en la cartera, tienen la del coronel del Kentucky Fried Chicken. Aquellos que bostezan y ya de paso aprovechan para comer algo. Y no porque estén enfermos, sino por pereza, abandono y falta de educación alimenticia.

Desde 1980, la obesidad se ha más que doblado en todo el mundo. En 2014, más de 1.900 millones de adultos de 18 o más años tenían sobrepeso, de los cuales, más de 600 millones eran obesos.

En 2014, el 39% de las personas adultas de 18 o más años tenían sobrepeso, y el 13% eran obesas, según la OMS. Los estudios demuestran que la obesidad está relacionada con la manía de no beber agua, con la ausencia de cultura alimenticia y con las rentas bajas. Pero sobre todo con la vagancia.

¿Tiene sentido seguir atiborrando de bebidas azucaradas, hamburguesas y alitas de pollo a toda ese gente con nuestros impuestos? Creo que no.

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