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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 03 de marzo de 2022

Hasta siempre

Las mujeres sabemos cuándo cambiar de acera y cuándo acelerar el paso. Tomamos rutas absurdas con tal de no caminar por ciertos lugares. Las pisadas que suenan detrás de nosotras durante una caminata nocturna por regla son sospechosas. Más nos vale girar la cara con disimulo. Un día iba caminando para clase de yoga y una camioneta empezó a disminuir la velocidad al pasar junto a mí. El conductor era un compañero que quería llevarme, pero yo no lo reconocí. “¿Por qué saliste corriendo?”, me preguntó después. Porque soy mujer, le respondí. A menudo evitamos pasar por construcciones y parques, en especial, si hay hombres reunidos de los que piensan en manada y aún creen que pueden tomar lo que quieran por el simple hecho de verlo al alcance de la mano. Si no conseguimos desviar la ruta, casi seguro nos tocará oír sus opiniones sobre nuestro aspecto físico. No importa cómo luzcan ellos. Sabemos que se quedarán mirándonos el trasero y pasándose la lengua alrededor de los labios.

Llevo toda una vida afinando estrategias de autocuidado. Incluso desde antes de entender de qué tenía que cuidarme. Estudié en un colegio de mujeres y tuve que ver casi a diario el pene de algún exhibicionista al otro lado de la reja. A veces el peligro se disfraza de profesor y acecha dentro del colegio. A veces reside en la propia casa. No hay un solo lugar en donde podamos estar completamente seguras. Ni uno. Un día en un trancón, el hombre del carro del lado empezó a masturbarse frente a mí. Yo tenía nueve años y él iba en un Mazda rojo. Han pasado más de tres décadas y aún no puedo ver mazdas rojos sin recordar con desagrado el suceso. Antes le preguntaba a mis amigas si ellas tomaban tantas precauciones como yo. Todas, sin excepción, relataron alguna historia escalofriante, lo cual contribuyó a añadir aún más precauciones a la lista. Una me contó que una vez olvidó poner los seguros del carro y un hombre aprovechó un semáforo en rojo para abrir la puerta y sentarse en el puesto del copiloto. Le enterró la punta de la pistola en la cintura, la obligó a manejar hasta un paraje solitario y la violó. Lloramos un rato juntas. Ahora veo que no lloramos por ese suceso en particular, sino por la suma de todos los sucesos que nos recuerdan lo difícil, lo apabullante y lo extenuante que es ser mujer y vivir en un mundo en donde no podemos hacer cosas tan cotidianas como caminar solas sin preguntarnos si volveremos a casa siendo las mismas. Ahora reviso con insistencia que los seguros queden bien puestos. De niña pensaba que mi miedo iba a diluirse con los años, pero no. Aquí sigo memorizando las placas de cada taxi que tomo y maldiciendo vivir en una calle ciega en donde a menudo parquean carros que, imagino, van a raptarme. Entonces me pregunto ¿hasta cuándo todo este miedo? Temo adivinar la respuesta: hasta siempre 

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