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Jorge Giraldo Ramírez
Columnista

Jorge Giraldo Ramírez

Publicado el 15 de abril de 2019

Inflación administrativa

Un estudio de McKinsey Global Institute -una de las más reputadas consultoras en asuntos organizacionales— concluyó que los empleados de las empresas están dedicando hoy el 61 % de su tiempo a administrar su trabajo y, quizás, menos del 39 % restante a hacerlo (Thomas Oppong, “25 Productivity Principles Will Change How You Work Forever”, The Mission, 09.02.19). Mckinsey es útil para proporcionar la cifra y como criterio de autoridad para hacer una afirmación sobre algo que ya sabíamos.

La sociedad contemporánea —lo había dicho Gilles Deleuze (1925-1995)— es una sociedad de control. El control es numérico, modular, de variación continua, ilimitado, funciona a partir de contraseñas (lo dijo antes de la aparición de internet); en la sociedad de control no hay individuo ni masa, solo datos. Las instituciones dedicadas a la elaboración de parámetros se han multiplicado y las normas que producen ya son miles (solo ISO ha elaborado cerca de 20 mil). Las organizaciones y las personas no estamos sujetas solo a las leyes de Dios y del Estado, también a las de centenares de certificadores. Intente ponerle el servicio eléctrico a una casa nueva para que vea la cantidad de permisos y condiciones impuestas, incluso en su dormitorio.

Por supuesto, el control se opone a la libertad. Pero también se opone a la creación y a la innovación. Cuando Frederick Taylor (1856-1915) se preguntó cómo hacer eficiente cada segundo y cada movimiento de un trabajador hasta hoy, el problema era obtener los mayores rendimientos posibles de la convergencia entre electricidad y mecánica. La paradoja actual es hablar de creatividad e innovación en medio de una sociedad de control o, peor, en una que combina control con disciplina.

Decía Deleuze que el animal representativo de la sociedad de control es la serpiente. Pensaba en sus anillos; puede pensarse también en el uróboros, la serpiente que se muerde la cola, símbolo entre otras cosas de los esfuerzos inútiles, de los trabajos que se cancelan mutuamente. Se trabaja durante dos terceras partes de la jornada para decir qué hacemos, cómo hacemos y cómo evaluamos en el tercio restante. La actividad laboral se acrecienta en lo que tiene de fatiga y se empobrece en lo que tiene de productiva. Es la preocupación de McKinsey, productividad y competitividad.

Para uno, simple profesional, animal laborans, la angustia es otra. Poder desplegar la personalidad en la tarea. Antes se creía que este era el privilegio de las profesiones liberales, del médico, el maestro, el artista. Ya no es cierto y, por lo que veo, entre los médicos se están dando las reflexiones más profundas sobre el tema. El médico corporativo ya perdió la consulta como espacio soberano; a los maestros nos queda, amenazada, el aula; al artista, en muchos casos, solo la mano sujeta al gusto y al dictado de quien paga.

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