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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 29 de enero de 2022

Íngrid, oveja y lobo

Íngrid Betancourt es oveja y lobo. De hecho, ella nos presenta dos facetas. La primera es Íngrid la bondadosa, la oveja. Es decir, la mujer que vivió un drama profundo que también millones de colombianos vivieron en su piel. Es la mujer que se fue a estudiar teología a Oxford y que, a pesar de su tragedia, sigue amando a su país. Es la mujer que quiere ser la Juana de Arco criolla, lista para hacerse inmolar para erradicar a los corruptos. Es la Íngrid que se presenta a un evento de la Comisión de la Verdad y mirando a sus victimarios a los ojos dice: “Como colombianos, no queremos volver nunca al pasado, estamos listos para enmendar y construir, hombro a hombro, un nuevo futuro para todos”. Palabras densas, llenas de sabiduría, generosidad, coraje.

Pero existe también la Íngrid Betancourt versión lobo. Es la que acepta sin ningún problema de conciencia llegar a la Coalición del Centro de la Esperanza, que tiene como a uno de sus arquitectos principales al político tradicional Juan Fernando Cristo. Es la política que en el pasado se alió con Petro y con Santos. Es la que cada cuatro años, como le reclamó Francia Márquez, vuelve de Francia para competir electoralmente. Es a la que vimos en vivo y en directo, hacia el final del debate de Semana y El Tiempo, manteniendo su tono de voz de oveja, dar un golpe bajo a Alejandro Gaviria, acusándolo de traer la corrupción al círculo de los puros. Lo caricaturizó como a un político tradicional y clientelista. Con razón a Alejandro Gaviria le hirvió la sangre. De hecho, a Íngrid Betancourt se le olvidó la trayectoria ejemplar del exrector de la Universidad de Los Andes, que, como ministro de Salud, se fue lanza en ristre en contra de los intereses rapaces de los grandes conglomerados farmacéuticos. Es la mujer que quiere imponer vetos no negociables, cada vez que les conviene a ella y a sus socios políticos.

En el debate, la Betancourt dijo, manipulando, que Gaviria faltó al acuerdo suscrito por los miembros de la Coalición del Centro de la Esperanza que veta a las maquinarias políticas para entrar a la coalición. En realidad, el acuerdo suscrito dice: “Invitamos a todos los colombianos, independientemente de cualquier filiación ideológica, a que nos acompañen hasta la victoria”. Es lo que Alejandro Gaviria y varios miembros de la Coalición están haciendo. Gaviria lo está haciendo de manera particularmente exitosa, sumando apoyos, no solo políticos, recorriendo el país, y cuando pasó por Medellín, hace dos semanas, no dudó en declarar abiertamente su oposición al clientelismo de Daniel Quintero, llegando incluso a dar su visto bueno para la revocatoria, dada la gravedad de la crisis que vive la ciudad; una posición que ninguno de los candidatos de la coalición del centro tuvo la valentía y la claridad, hasta el momento, de tomar. Porque lo que le preocupa a Íngrid Betancourt y a varios de sus socios, en realidad, es que la victoria de la consulta está cada vez más en las manos de Alejandro Gaviria. Más allá de eso, el sectarismo es la negación de la política 

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