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Por Javier Mejía Cubillos - mejiaj@stanford.edu
En las últimas semanas, en Colombia, un joven egresado de la Universidad de Harvard publicó un video proponiendo movilizar recursos para financiar a estudiantes colombianos admitidos en universidades de élite alrededor del mundo. Su iniciativa surgía, en parte, como respuesta al fin de un convenio histórico mediante el cual el Estado, en alianza con recursos privados, apoyaba a estudiantes con créditos condonables. Aunque la iniciativa que promovía el joven era completamente privada y voluntaria, el video generó una avalancha de críticas que la calificaban como un privilegio y como una muestra de desconexión frente a la desigualdad del país y las prioridades del gasto público.
Esa reacción me pareció interesante, porque revelaba la erosión de uno de los consensos más sólidos del último siglo. Durante décadas, la educación ocupó un lugar sagrado en nuestras sociedades. En prácticamente todo el mundo, y a lo largo de todo el espectro ideológico, existía una absoluta convicción de que siempre se necesitaba más y mejor educación. La educación se veía como la vía por excelencia hacia el florecimiento personal, el desarrollo económico, y la cohesión social. Simultáneamente, predominaba la creencia de que las credenciales educativas—especialmente aquellas obtenidas en instituciones de primer nivel—eran una señal de mérito y esfuerzo individual. Quien lograba ser admitido en las mejores universidades del mundo representaba un motivo de orgullo colectivo.
Ese consenso ya no existe. En su lugar, ha emergido una cierta desconfianza hacia la educación. Por un lado, crece la suspicacia frente a lo que realmente señalan las credenciales educativas. Hoy se perciben menos como reflejo de mérito y más como el resultado de ventajas ajenas al individuo—e.g. pertenecer a una familia con dinero o conexiones. Por otro lado, también se ha instalado un escepticismo profundo sobre el valor ofrecido por las instituciones educativas. La pregunta de si el retorno de la educación es realmente superior a su costo está presente, no solo en reflexiones individuales, sino también en los debates públicos. Esto se refleja en cómo votantes de todas las orillas ideológicas—desde los simpatizantes de Donald Trump en EEUU a los de Gustavo Petro en Colombia—apoyan el desmonte de la financiación estatal a muchas universidades top.
No son pocas las cosas que me preocupan de este giro, pero también hay algunas que me alegran. Bajo aquella visión sacral del consenso previo, los sistemas educativos no supieron más que crecer, acumulando costosa infraestructura que poco tenía que ver con su mandamiento formativo y aumentando sus plantas de trabajadores, muchos dedicados justamente a manejar la creciente infraestructura y burocracia, con escasos mecanismos de supervisión y competencia. Más importante aún, aquel consenso promovió a muchos a sobreeducarse o a perseguir senderos formativos que tenían una minúscula demanda laboral. En conjunto, eso se tradujo en sociedades que cada vez usaban más recursos para reunir, por más tiempo, a más personas en rituales sin mayor valor real, pero que, en el marco del elogio a la educación, se validaban como procesos de formación con virtudes divinas.
Con la destrucción de aquel consenso, quizá podamos empezar a ver lo terrenal de la educación, entendiendo que, como cualquier otra actividad, compite por recursos escasos, y requiere por tanto preguntarse no solo cuánto invertir, sino dónde y con qué criterio hacerlo. También debería permitirnos reconocer que, aunque se puede educar en todo a todo el mundo, no todas las personas necesitan aprenderlo todo; y que la educación sin resultados fuera de ella no es más que un teatro fútil.
Mejor dicho, hoy, se abre una oportunidad para recuperar un principio perdido: la educación no es un fin en sí mismo, sino un medio. El objetivo individual de la educación no puede ser acumular títulos, ni el objetivo colectivo puede ser llenar los salones de estudiantes. La educación debe ser una herramienta para que construyamos mejores vidas y mejores sociedades. Y tomarse esa idea en serio exige hacerse preguntas incómodas: ¿qué educación debemos ofrecer?, ¿para qué debe servir?, ¿quiénes deben acceder a ella?, ¿cómo aseguramos que efectivamente genere valor? Responderlas honestamente implicará desacuerdos profundos y decisiones difíciles, pero solo a través de ellas podremos retornarle el propósito a la educación.
En mi canal de YouTube hablaré sobre lo que siento yo deberían ser las prioridades educativas en Latinoamérica y cómo, en la práctica, reflexionar honestamente sobre ellas debería cambiar nuestras actitudes acerca de cómo ofrecemos y recibimos educación.