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La tecnología no salvará nuestra democracia; las humanidades, quizá

Tal vez debamos aceptar una realidad incómoda, que muchos de nuestros desacuerdos no son un problema técnico, sino una expresión de la naturaleza humana y de su profunda complejidad.

hace 1 hora
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  • La tecnología no salvará nuestra democracia; las humanidades, quizá

Por Javier Mejía Cubillos - mejiaj@stanford.edu

Cuando tenía unos ocho años, en el colegio, tuve una discusión con un compañerito de clase. Es un recuerdo vago. He olvidado la mayoría de los detalles, pero recuerdo que discutíamos sobre quién era el mejor jugador de fútbol del mundo.

Mi compañero decía que el mejor jugador del mundo era el “Nene” Mackenzie.

¿Quién era el Nene Mackenzie? Era el delantero estrella de Atlético Nacional, uno de los equipos más populares de Colombia. No sé por qué él pensaba que Mackenzie era el mejor del mundo. Me imagino que su familia era hincha de Nacional, que su papá le repetía que ese era el mejor equipo del planeta y que él, siguiendo alguna lógica transitiva, concluía que su jugador estrella también debía ser el mejor del mundo.

Yo no tenía una respuesta concreta a la pregunta, pero mi rudimentaria noción de las jerarquías del fútbol me hacía difícil aceptar que la respuesta correcta fuera un jugador del Nacional.

El problema era que no sabía cómo probarlo. Recuerdo perfectamente la frustración de saber que ese niño estaba completamente equivocado y no tener una forma clara de demostrárselo.

Entonces pensé que ojalá existiera algo—una fuente, un libro, un lugar—al que uno pudiera acudir para responder preguntas puntuales; un sitio donde estuviera registrada “la verdad” y que permitiera cerrar ese tipo de controversias. Algo que ayudara a las personas a escapar de la trampa de la ignorancia y del engaño de los sesgos personales. Imaginaba que, con acceso a “la verdad”, las discusiones simplemente desaparecerían. El dato correcto acabaría con cualquier desacuerdo.

Hoy esa fuente existe. Hemos desarrollado tecnologías que permiten acceder casi instantáneamente a información objetiva que, en principio, debería resolver buena parte de los debates cotidianos. Hoy, en cualquier momento, un niño puede sacar su teléfono, preguntarle a ChatGPT o buscar en Google quién fue el mejor jugador de fútbol del mundo en 1999. Tal vez no obtenga una respuesta única. Quizá aparezcan decenas de candidatos. Pero, con toda seguridad, ninguno de ellos sería el Nene Mackenzie.

Sin embargo, para decepción de mi yo del pasado, a pesar de la extraordinaria era tecnológica que hemos tenido la fortuna de presenciar, las controversias no han desaparecido. Al contrario. Vivimos en uno de los períodos de mayor polarización social de la historia reciente. Uno en el que predomina la sensación de que ya no compartimos una realidad común, y donde proliferan discusiones sobre cuestiones que antes parecían evidentes para la mayoría de las personas.

Esto dice algo importante sobre nuestras expectativas respecto al debate público. El gran optimismo en la capacidad de los datos para combatir la desinformación y el populismo, que está representado por la consigna de que “dato mata relato”, no es más que una ingenua fantasía infantil. Si algo, la experiencia cotidiana sugiere exactamente lo contrario. El relato no solo sobrevive al dato, muchas veces lo eclipsa.

Y no se trata únicamente de que más información —o información de mejor calidad— no garantice debates más racionales ni consensos más amplios. Quizá el problema es más profundo. Tal vez la aspiración misma de que la conversación colectiva se rija por la razón es también ingenua.

Quizá la mayoría de las personas no quiere ser persuadida por la verdad. Lo que quieren son historias que los hagan sentirse bien. Narrativas que encajen con su manera de entender el mundo, que presenten sus valores como vencedores frente a otros que consideran menos virtuosos, que les ofrezcan esperanza de que sus vidas mejorarán y que la incertidumbre que enfrentan terminará resolviéndose a su favor.

Tal vez debamos aceptar una realidad incómoda, que muchos de nuestros desacuerdos no son un problema técnico, sino una expresión de la naturaleza humana y de su profunda complejidad. Y reconocer esto no significa renunciar al ideal de una mayor armonía social. Significa, más bien, entender que el camino para alcanzarla pasa por otro lugar.

Comprender cómo piensan, sienten e interpretan el mundo las personas probablemente sea mucho más útil para persuadir a alguien que cualquier conjunto de datos sobre la realidad. Y es precisamente ahí donde las humanidades—la historia, la filosofía, la literatura—tienen mucho que aportar.

La tecnología no resolverá los desafíos que enfrenta nuestra democracia; las humanidades, quizá sí.

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