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Sobre tanto hablar de más

hace 2 horas
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Por José Guillermo Ángel R. - memoanjel5@gmail.com

Estación Descontrol, a la que llegan los de las tres lenguas (la calumnia, la envidia y la mentira), los que dicen una cosa pensando en otra y ponen caras de santo, los que exageran los hechos para crear miedo y después no saben qué hacer si les resultan ciertos, los que sueltan lo primero que se les ocurre y para desenredarse se contradicen, los que convierten una pregunta en un asunto personal y así evitan responderla, los que no paran de hablar de ellos mismos y se repiten hasta que se vuelven rey de burlas, los que hablan siguiendo un guion y parecen recitando, los que hablan de manera tan retórica que al final no se les entiende nada, los que nada tienen qué decir y sueltan cualquier cosa bailando entre los dientes, los que insultan cuando no tienen argumentos o se las dan de saber más y por eso no responden, los que esculcan cualquier hecho y con los ripios construyen la noticia, sin que falten vanaglorias de intimidades o acusaciones de ejercer perversidades. Y en esta fila de habladores de más, se montan shows (el uno canta, el otro duerme, sin que falte el que se disfraza) y bueno, llueve la palabrería y Zeus lanza rayos.

Vivimos en un ambiente político palabrero (palabra usada para los cuenteros) en el que abundan amenazas, distorsión de las leyes, burlas a las instituciones y presunciones sin comprobar. Y como no hay argumentos serios y se evaden asuntos que comprometen (las promesas no deben llegar a tanto), se recurre a la teatralidad, ya pensada o aparecida de improviso, en la que el afectado se considera víctima y acusa de enemigo a su interlocutor llamándolo zurdo, fascista, conspirador, estúpido etc. Y como son meras palabras (gritadas, irónicas, desvariadas), la claque aplaude y la masa se emociona, pues no asiste a un debate o a una entrevista sino a una pelea de boxeo o a una cancha de fútbol para ver quien mete el gol o cae a la lona por nocaut. Emociones.

Se dice que la democracia se está acabando y que sus representantes ya no son constructores de país sino gente que llega al poder (o quiere llegar) para defenderse de sus opositores. Y su arma es la palabrería desbordada e irresponsable, sea producida por ellos o por sus agentes en los medios y en las redes, en las paredes y carteles. Y entonces ya no hay ideología sino auditorio emocional, como en el circo romano, en el que la asistencia se miraba el pulgar queriendo ansiosamente voltearlo hacia abajo.

Acotación: Los totalitarismos (comunismo, fascismo, nazismo) se hicieron con palabras enfurecidas y la destrucción les llegó con los hechos. Líderes gritando, gente enardecida y, al final, país por ninguna parte. Y pareciera que esto se repite desde este escenario teatral en que hemos convertido a la democracia. No aprendemos.

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