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Me mamé de la incoherencia

Una causa no se puede construir sobre negación del sufrimiento de otros.

10 de octubre de 2025
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  • Me mamé de la incoherencia

Por José Manuel Restrepo Abondano* - Jrestrep@gmail.com

La marcha pro-Palestina que vivimos el 7 de octubre en Colombia fue agridulce. Duele primero la incoherencia de una marcha de “paz” llena de vandalismo, destrucción y violencia. Y aunque fue un acto público que clamaba válidamente por justicia en Gaza, ignoró el horror de la masacre perpetrada ese mismo día, hace dos años, contra civiles israelíes por el grupo terrorista Hamás. Y peor aún, dejó un tinte de burdo aprovechamiento político en cabeza del gobierno y FECODE (los maestros de los niños), que siempre la estuvieron animando.

Me pregunto. ¿Cómo explicarle esto a los familiares de las víctimas israelíes? ¿Qué pensarían de Colombia? ¿Que aquí el dolor solo se elige cuando conviene? Algo de fondo. ¿Tiene sentido que nuestros maestros lideren estos desatinados mensajes?

Convocar una marcha el mismo día de la carnicería que vivió Israel no es un acto inocente ni neutro. Fue una decisión dolorosa que refleja indiferencia ante el dolor ajeno. Nadie nunca podría, y yo no lo haría, negar los derechos y dignidad del pueblo palestino ni justificar los actos repudiables del gobierno de Israel. Tampoco podemos trivializar un hecho atroz como el sucedido aquel 7 de octubre del 2023 en Israel.

Nunca una causa justa se puede construir sobre la negación del sufrimiento de otros. Ser pro-paz no significa ser anti-Israel, ni ser Pro-Palestina debe confundirse con justificar a un grupo terrorista como Hamás. Si somos coherentes como seres humanos, la empatía no puede ser selectiva.

Ese apoyo implícito o explícito de FECODE, pone en evidencia que esta causa se está instrumentalizando políticamente y nos preocupa si esto se impone ideológicamente en la catedra. Es incoherente FECODE al realizar el 7 de octubre esta marcha en Colombia, un país con heridas propias del terrorismo y con tantas víctimas como las de aquel día en Israel. ¿Qué dirían las víctimas?

Haber marchado el 7 de octubre no genera diálogo, ni conciencia, sólo polarización, provocación y confusión moral. Siempre será legítimo defender la causa de Palestina, lo que no es legítimo es haber desconocido la tragedia Israelí de ese mismo día.

Para cuándo las marchas en contra de abusos en China, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Irán o Pakistán. Lugares en donde se atacan minorías religiosas, o donde se violan los derechos humanos.

O para no ir tan lejos. ¿Cuándo serán las marchas de FECODE para reclamar por aumento desbordado en homicidios, secuestros, asesinatos de líderes o la extorsión en Colombia? ¿Para cuándo la marcha por la destrucción del sistema de salud a los maestros, que va en contravía de su dignidad humana?

La coherencia no se negocia: si defendemos los derechos humanos, deben valer para todos, no solo para los antojos políticos del momento. Yo ya me mamé de la incoherencia de un gobierno o maestros que animan marchas simbólicas selectivas, de discursos que aprovechan el dolor ajeno para dividirnos.

La memoria de las víctimas de cualquier bando exige prudencia, respeto y humanidad. La paz exige verdad, dignidad y respeto para todos, no sólo para mis intereses ideológicos o politiqueros.

*Rector Universidad EIA

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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