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Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 09 de octubre de 2019

¿Jugando restos?

Hace 170 años, dos patricios fundaron el Partido Conservador. Lo hicieron un año después de que Ezequiel Rojas, librepensador y masón, hubiera creado el liberalismo. Ambas colectividades brotaron después de lograda la independencia, bajo las apariencias de las profundas diferencias ideológicas entre Bolívar y Santander.

Mientras el liberalismo planteaba la abolición de la esclavitud, la libertad absoluta de imprenta, religión y educación, los conservadores encontraban en el orden su razón de ser. Abogaban por la concepción cristiana institucional y social, por el culto a los valores de la civilización occidental. Allí encontraba su justificación para el funcionamiento del Estado. En esos principios esencialmente se diferenciaban. Y en defensa, con convicción y hasta ferocidad de esos postulados, sostuvieron no pocas guerras civiles, de las cuales salían por parte del ganador, una nueva Constitución, regularmente antípoda de la anterior. El Federalismo y el Centralismo heredados de las guerras de la Patria Boba, se hicieron presentes en la lucha fratricida de las dos colectividades históricas colombianas.

El conservatismo desde antes de la Constitución de 1886 ejerció la hegemonía del poder hasta 1930. El liberalismo lo hizo entre los años 30 y 46 del siglo XX. En 1957 llegó el Frente Nacional, pactado entre ambas colectividades para ponerle punto final a la guerra fratricida que se agudizó a partir de 1948. Dio el conservatismo golpes y contragolpes de Estado. Coautor del Frente Nacional, ciclo terminado en 1974 después de 16 años de vigencia. A partir de allí, comenzó su decadencia. Este experimento lo anestesió. Más tarde, a medida que se iba desdibujando ideológicamente, arreció la guerrilla en el país con características de contenido social e ideológico reñidos con la idiosincrasia y talante del bipartidismo. Luego brotaron el narcotráfico y el paramilitarismo, con todas las secuelas contaminantes de corrupción que siguen afectando la paz nacional.

De la ideología conservadora queda poco. Figuras políticas, referentes morales, líderes intelectuales, estadistas comprobados que rigieron el país y que influyeron en el fortalecimiento del conservatismo en el pasado, ya ni se recuerdan. Solo sus nombres quedan en los textos de historia, no pocas veces desvirtuados al resaltarse más sus errores que aciertos.

Hoy la mediocridad se traga las jefaturas de lo que va quedando de partido. Está decaído, acomplejado, sin voluntad de constituirse en alternativa real de poder. Se conforma solamente con ser mero apéndice de los gobiernos a través de cicateras cuotas de poder.

Sus 170 años los conmemoró en forma desganada. Ni siquiera lo analizaron los editoriales de los pocos periódicos conservadores que quedan. No tuvieron, como no tiene, fuerza convocatoria alguna. Ni con misa celebraron –en un partido confesional– para que se les hiciera el milagrito de su resurrección.

En las jerarquías del conservatismo no hay ánimo de supervivencia. Las masas fueron abandonadas. No es sino echar un vistazo al número de candidatos azules para gobernaciones y alcaldías en la mayoría de las grandes regiones y ciudades, para registrar su orfandad. Sobreagua esta colectividad pegada a candidaturas extrañas a su ideología, sólo por conveniencia burocrática y no morir en el intento.

El conservatismo colombiano parece ser un recuerdo del pasado. Sigue en el casino de la política, jugando restos.

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