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Anacristina Aristizábal Uribe
Columnista

Anacristina Aristizábal Uribe

Publicado el 08 de octubre de 2019

La capital de la bulla

Medellín es una ciudad extremadamente bullosa. Y las personas que producen el ruido, no les importa. Les faltó casa: alguien que los criara enseñándoles lo que significa el respeto del espacio del otro. Son egoístas incapaces de aceptar lo estorbosos que son para la sociedad y parece que no hay quién los controle: es incontrolable el grupo de transeúntes a media noche por la calle a los gritos, cuando todos descansan. Son incontrolables los que pasan raudos en sus carros con música a volumen insoportable despertando a los vecinos que duermen. Son incontrolables los hombres que, estancados en edad infantil, exhiben motos sin silenciador, activando a su paso las alarmas de los carros. Y son absolutamente un estorbo social las instituciones que hacen reuniones, agasajos, fiestas y cualquier tipo de evento, con parlantes inmensos, con música a todo volumen, desgajando el silencio reparador y necesario de la noche.

Son un estorbo social los que se creen dueños de la noche, que suponen sus causas las únicas que merecen la pena, sin importar los vecinos, enfermos, ancianos, niños, trabajadores, adultos y cualquiera que quiere y necesita dormir y descansar. Las causas “justas” como los cumpleaños, la recolección de fondos para entidades de beneficencia, la bienvenida a un ausente, una graduación, un aniversario o cualquier otra cosa, no son causa suficiente para quitar el sueño a nadie, y menos a una comunidad de vecinos que semanalmente sufre un motivo diferente, sin tener un fin de semana para descansar.

Cualquier inteligente, innovador y buen vecino, logra entender que con unos pequeños parlantes dirigidos hacia el interior del establecimiento, no hacia afuera, puede obtener el sonido adecuado para los asistentes al evento, sin perjudicar a los de afuera. No es difícil, solo se necesita un poco de aquello que se pregona desde tiempos inmemorables: póngase en el lugar del otro. Y en este caso, no aplica en doble dirección, pues nunca jamás se ha oído la queja de alguien diciendo: “vecino, no haga tanto silencio que su silencio perjudica la paz de la vecindad y no deja dormir”.

Ojalá que la próxima administración municipal sea capaz, y tenga el coraje, de velar por el derecho de todos al descanso nocturno, sin importar el sitio de la ciudad que sea. Y que haya policías que, con respeto, sean enérgicos para hacer respetar las normas.

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