Por JAVIER SAMPEDRO
La segunda persona que se dio cuenta de que la Luna no era un disco de luz colgado del cielo para solaz de los amantes, sino un mundo tridimensional como el nuestro, fue seguramente Johannes Kepler. La primera había sido Copérnico, que eligió morir antes de comprobar las insondables consecuencias de su propia teoría heliocéntrica. Kepler estaba hecho de otra pasta. En 1609 se ganaba la vida como asesor matemático del emperador Rodolfo, que una noche le preguntó: “¿Qué significan esas manchas oscuras que se ven en la superficie de la Luna?”. La pregunta era muy buena, qué duda cabe, y un matemático imperial jamás debe confesar su ignorancia, así que Kepler respondió de inmediato: “Esas manchas, señor, son seguramente las sombras...