“Esas pecas nunca te van a dejar crecer”. La sentencia, proferida hace años por alguien que llegó a mi corazón para quedarse, me sonó a bendición, como si hubiera caído sobre mí un paquete de aleluyas que me protegerían del paso de los años. ¡Y sí que lo hicieron! Pasé sin angustias por la “jodentud”, llegué sin temores a los treinta y si acaso tuve la crisis de los cuarenta no dejó cicatrices. Ahora que aterrizo en la cincuentañez, puedo gritar que mi vida ha sido un acontecimiento feliz del que hoy, con el permiso de ustedes, hago un balance a mi manera.
Celebro haber nacido en un hogar cristiano, no camandulero, donde nos legaron a Dios para honrar sus mandamientos de amor y de justicia, no para temerle.
Le hago coro a Óscar Domínguez cuando...