La desgracia venezolana tiene un segundo tiempo. Aumenta el dolor, sin importar que ahora este venga del desprecio y el racismo de una América Latina que es indolente ante sus vecinos aún cuando llevamos años llenándonos la boca para decir que somos un mismo continente. Un mismo espíritu.
Los cientos de miles de venezolanos que tienen que huir del desastre político, social y económico que creó Chávez y completó Maduro, se encuentran ahora con la peor de las respuestas. Una xenofobia que no para de crecer. Una actitud que toma el listón de las más despreciables porque nadie abandona su casa, su pueblo, su gente, para empacar en dos maletas la vida entera y rebuscar en otro lado lo que su nación le arrancó. Sentir el desprecio en una tierra ajena...