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Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 17 de agosto de 2022

La fuga de cerebros

La acritud de las luchas electorales en América Latina no ha dejado ver con precisión los grandes retos que tiene el continente, y así poder asumirlos. Se regodean sus políticos en lo inmediato y poco atienden los compromisos de país siquiera a mediano plazo. Están ausentes de sus responsabilidades y compromisos para enfrentar los desafíos sociales, culturales, económicos y de orden público.

El alto funcionario de la ONU para combatir la droga y el delito en Colombia, Pierre Lapaque, sostuvo que “el primer problema del país es la corrupción, no el narcotráfico”. La corrupción que está empotrada en el país político a través de los contratos con el Estado y en los asaltos al presupuesto nacional como si fuera botín de guerra. Corrupción que, valiéndose de su hermana gemela, la impunidad, se estimula con el narcotráfico, negocio del que brotan dineros para corromper conciencias.

Si a esta situación de inmoralidad le agregamos el éxodo de talentos en la región, sumada a la emigración que se vive en algunas naciones latinoamericanas por la llegada de los populismos al poder, el panorama se vuelve más sombrío. Es alta la fuga de cerebros. Máxime ahora, cuando, caso colombiano, el país está con muchas incertidumbres en torno a su modelo de desarrollo. Miles de jóvenes profesionales salen del continente americano a buscar estabilidad y mejores oportunidades, no solo en el empleo, sino en su capacitación para las especializaciones con alto contenido de ciencia y tecnología, que hoy hacen parte del mundo profesional de la competencia.

No es un descubrimiento sostener que el capital humano es una de las grandes reservas que tiene cualquier nación. El Banco Mundial sostiene que el 75 % de la riqueza de los países desarrollados está representada en su capital humano. El conocimiento —que da el verdadero poder—, a través de la ciencia, la tecnología, la innovación, hace parte de la cuarta revolución industrial, de la cual el país político se ha situado muy lejos para entenderla y asimilarla.

No es fácil frenar por decreto no solo el éxodo físico de quienes buscan mejor remuneración y seguridad personal, sino los que persiguen la absorción de culturas e idiomas dentro de las cuales puedan criar a sus hijos más competitivos para maniobrar en el mercado laboral. Ni tampoco lograr, por la diferencia de valor de los salarios entre las remuneraciones en dólares y en pesos, que la fuga de cerebros se reduzca, después de que el país ha hecho una inversión en su capacitación.

Si a la fuerza laboral profesional que a diario irrumpe en el libre mercado no se le pone un alto nivel interno de capacitación y remuneración de los cerebros con talento, obligarlos a permanecer en el país será una batalla perdida. Es tema que debe preocupar al nuevo presidente, quien tiene una gran deuda con la juventud que votó por él. Esa juventud que, jugando a la ruleta rusa, condenó en las urnas al viejo y resquebrajado establecimiento político colombiano 

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