Ahora que en Europa vivimos asolados por una oleada de ataques indiscriminados de lobos solitarios inspirados por la Yihad, la voluntad de dejar las armas de buena parte de la narcoguerrilla de las Farc es una noticia de las que dan para descorchar una botella helada de champagne. Matar siempre ha sido un negocio pésimo, primero porque deshumaniza a quien perpetra el crimen y segundo porque supone grangearse enemigos por doquier que, tarde o temprano, acabarán por pagar con la misma moneda al asesino. Por cada cadáver que se deja en la cuneta, brotan una decena de familiares prestos a la venganza. Y la venganza, otro veneno, es en ocasiones hasta un acto de justicia. Me han leído en estas líneas defender el derecho a la legítima defensa siempre...