Hace un año, mi hijo Sebastián logró volver de España, en medio de la pandemia, gracias a un vuelo humanitario. Llevaba unos ocho años estudiando y componiendo música en Barcelona. El último, agobiado por la furia de la ciudad —una de las más hermosas del mundo, pero asaltada cada año por hordas de turistas borrachos—, se fue a vivir a San Esteban de Palautordera, un tranquilo poblado situado en la comarca catalana del Valle Oriental. Allí se dedicó a cultivar una huerta.
Cuando volvió, prefirió vivir conmigo y su madre en las verdes montañas de los Altos del río Nus a quedarse en Medellín. Desde entonces sigue cultivando su huerta y componiendo música. Siembra plantas medicinales, como la artemisa, entre muchas otras. También, fríjoles, lechugas,...