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Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 03 de julio de 2019

La inquina

Ciertos columnistas y comentaristas no perdonan que un presidente joven, capaz, sin marrullas, con visión internacional, salga al exterior a plantear la aspiración de perfilar un país moderno, sin estacionarse en el anacronismo pueblerino que tuvieron mandatarios del pasado. Pareciera que no se dieran por enterados de que Colombia hace buen rato pasó de la mula al avión. Y que ya está inmerso en lo que hoy se denomina la aldea global, regida por la ciencia, el conocimiento, la competencia, la innovación. Son melancólicos –¿o envidiosos?– que se quedaron en la época del cine mudo.

No hay día en que en revistas o diarios capitalinos la inquina esté ausente. Atacan por cualquier motivo. Cargan sus baterías para sindicar al jefe del Estado de ser el único culpable de los proyectos de ley que fracasaron en el Congreso. Pero no le abonan las disposiciones sustantivas –Plan General de Desarrollo, enmiendas tributarias– que se aprobaron. Para sus contradictores vale más la cantidad que la calidad. Olvidan que haya más de 10.000 leyes arrumadas en los viejos depósitos del Congreso, que perdieron vigencia, o fueron tan inútiles que nunca operaron. Conciben la gestión de un gobierno no por las disposiciones sustanciales que salieron ni por las inconvenientes que se evitaron fueran aprobadas, sino por el número elevado de normas escupidas por las maquinarias del Congreso a través del pupitrazo. Ignoran que el Congreso no es una fábrica de leyes, sino más que eso, un tamiz en donde se cuelan las normas para que salgan las indispensables que requiere el país para su funcionamiento.

Censuran el viaje internacional de Duque por Europa. Son contradictores provincianos, así hablen y escriban desde Bogotá, que carecen de esa visión cosmopolita inherente al ejercicio de gobiernos modernos. Para ellos el mundo se acaba en los cerros de Monserrate y Guadalupe. De ahí en adelante lo que sigue es rastrojo.

Ignoran los críticos, que en Londres el presidente lideró un importante foro de promoción de inversiones y proyectos en Colombia que despertó la atención de los empresarios ingleses. Hablaron de financiar 26 proyectos en infraestructura, energía, transporte por valor de 8 mil millones de dólares. Duque en la cátedra Caning Lecture, reservada a grandes líderes latinoamericanos, expuso los lineamientos de su plan de gobierno en materia económica, social. Y recordó que en los últimos cinco años, –lustro que no hace parte de su período de gobierno–, el país saltó de 46 mil hectáreas sembradas de coca a 210 mil.

Así que para algunos cerriles comentaristas que viven rumiando un pasado poco grato para el país, es mejor que Duque se quede encerrado en Bogotá oyendo y apreciando tanto los versos de Roy Barreras y sus volteretas circenses, como mirando las dobles lecturas de las cortes, o el fuego amigo que sale de gargantas calenturientas de quienes creen que con Duque todo lo ganaron y nada deben sacrificar. Este es el país de la farándula y la trapacería de que hablara hace años un presidente y que hoy la nación, que quiere entrar en la modernidad, no acepta por obsoleto.

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