Advierto que mis críticas no son, como pudieran pensar algunos, de carácter personal. Fui santista e impulsé tanto como me fue posible su primera candidatura. Cargo con ese pecado y con esa culpa. Es verdad que dejé de serlo cuando traicionó el legado que recibió y cuando vi que no tenía reparo en mentir, decir y desdecirse con descaro, cuando se trataba de defender sus intereses. Y cuando constaté que su vanidad, su ego, su deseo de “pasar a la historia”, estaban por encima de los intereses del país. Pero Santos se va en el 2018 y, aun con su ansiado Nobel en la mano, dejará de existir políticamente. Santismo solo hay porque hay mermelada, porque Santos cree que el presupuesto nacional es de él y no de todos y que él es el “dueño de la chequera”....