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Óscar Domínguez Giraldo
Columnista

Óscar Domínguez Giraldo

Publicado el 10 de febrero de 2022

La llegada del maná

Realizan temprano la magia de meter por debajo de la puerta lo bueno y estrambótico que produce la tierra. Hablo de los voceadores del periódico.

En sus primeros 110 años, EL COLOMBIANO destacó la silenciosa labor de seiscientas personas que entregan el maná informativo envuelto en papel periódico. Lo hacen a horas inverosímiles: a partir de las tres de la mañana, cuando “el músculo duerme”. Después les quedará tiempo hasta de violar el sexto mandamiento.

Amigos que no hemos conocido, son necesarios como el agua, la luz y el sanador olvido. Ignoramos sus nombres, nunca nos piden que los fiemos, desconocemos el nombre de la mujer de sus insomnios. Disfrutan haciendo bien su oficio.

Bueno, por fin supe que quien me hace llegar el periódico se llama Evelio Ruiz, quien lleva cincuenta años en su destino. Más o menos lo que llevo garrapateando cuartillas y cibercuartillas. Como dicen los borrachitos que niegan la cuenta, no tengo con qué pagarte, colega Evel.

Lo de colega es porque en mi niñez fui voceador de EL COLOMBIANO y El Correo en La Estrella. La Chinca no me dejará mentir.

Pese a que sabía juntar vocales y consonantes, no recuerdo haber convertido la garganta en rotativa para gritar los titulares de las noticias gordas como mandaban los cánones.

Guaqueando en mis tiempos de piernipeludo voceador, he sospechado que el periodismo me entró por el sobaco. Y como me he ganado la vida escribiendo para asegurar los frisoles, soy devoto de los diarios.

Desde que me desconozco, soy amante de los impresos, libros y periódicos para empezar. En mi caso, las noticias lo son cuando las valida el periódico. Como el escéptico santo Tomás, hasta ver y tocar, no creer. Más o menos lo que sucedía con The New York Times: los encopetados morían oficialmente cuando la noticia aparecía en sus páginas.

Amo el periódico como a la mujer de al lado porque nos permite mantener activos los cinco sentidos: ver, oír, oler, gustar y palpar. No quiero que se acaben nunca. Si esto sucede, y “el día esté lejano”, que sea a mis espaldas.

Los suscriptores esperamos a los voceadores como el pan pa’l desayuno. Cuando tardan porque los cogió la aurora, nos producen la desazón del enamorado que desespera mientras llega la dueña de sus aurículas y sus ventrículos. Y de la quincena.

Desde que me volví un tipo serio, me llega el periódico y de una voy al grano: Leo los obituarios a ver si sigo vivo. Le meto el diente a las efemérides: hace 25 o 50 años, miro con qué nos salieron Calvin y Hobbes, el cervecero Olafo. Le echo una primera mirada al crucigrama y dudo de lo que me depara el horóscopo.

Concluido este ceremonial, quedo listo para enterarme de qué presa amaneció enfermo el mundo, como diría Mafalda, mi ideóloga 

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