Con más vello ya en las piernas que el forzudo del circo, mi hijo Diego ha descubierto hace unas semanas que la fantasía que se encarna en la noche de los Reyes Magos la materializamos los mortales. No me consideren un ingenuo, aunque a veces lo parezca. No pretendía estirar el chicle hasta lo indecible y que el buen mozo se arrimara cada cinco de enero con voz de barítono y barba de legionario para suplicarme que acudiéramos a la gran cabalgata que se monta esa tarde por las calles de Madrid, con carrozas, cisnes, ovejas y camellos. Una fiesta en honor a la llegada de los Reyes Magos de Oriente, que acuden a su cita puntuales cada año precedidos de una cohorte de pajes y regalos. Soy consciente de que, con once años a sus espaldas, había llegado...