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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 05 de mayo de 2022

La mamá

La mamá saca a escobazos los monstruos que se esconden bajo la cama y sabe qué nos ocurre antes de que nosotros mismos lo sepamos. Todo lo que augura que va a pasar pasa, y todo lo que augura que va a doler duele.

La mamá pone bananos por todas partes y deja las ventanas abiertas para que los pájaros y las ramas de los árboles entren a saludarla. Cura los miedos con panes que ella misma ha horneado y las preocupaciones con dosis exactas de no-piense-en-eso. Por lo general funciona, porque, como ella misma dice: “Yo no siempre tengo la razón, pero casi siempre”.

La mamá solía pintarse cada semana las uñas de rojo, hasta que nacieron los trillizos, hasta que mataron al papá, hasta que se resignó a no tener ni diez minutos para esperar a que se le secaran. Porque la mamá no es solo mamá, es también papá y, fuera de eso, ha tenido que desempeñar todos los oficios del mundo, aunque nadie nunca le haya pagado por ninguno. Una vez la llamé de Londres llorando porque había empezado un trabajo en donde me pagaban por muy mal por lavar platos en un restaurante, a lo que ella me contestó: “A usted siquiera le pagan, yo he lavado platos toda mi vida y jamás he recibido ni un peso”.

Es que la mamá da lecciones sin imponerse, no nos dice a la cara cuando nos pasamos de flojos y de ridículos, pero nos lo muestra a su manera. Durante la celebración de mis cuarenta años me quejé porque la Coca-Cola se había terminado y entonces me recordó que ella, a esa misma edad, ya estaba viuda, tenía cinco hijos, mucho miedo de que la responsabilidad de criarlos sola le quedara grande y más miedo aún de que nos diéramos cuenta. Al diablo la Coca-Cola.

A menudo me preguntan por qué mis hermanos y yo insistimos en referirnos a ella como “la mamá” en vez de “mi mamá”. Mi teoría es que cuando una mamá es de tantos, nadie tiene el derecho a adjudicársela, debe alcanzar para todos, hay que compartirla en partes iguales. No obstante, estoy segura de que cuando éramos pequeños cada uno deseó secretamente tenerla para sí solo aunque fuera un instante y, quizá por eso, enfermarse no era tan malo después de todo. Mis mejores recuerdos a su lado están ligados a mis peores ataques de asma.

Cuando la vida se puso realmente difícil, la mamá solía bromear con irse para el monte y no regresar, solo para ver cómo nos la arreglábamos sin ella. Yo siempre pensé que le había faltado valentía para emprender la huida, ahora veo que la verdadera valentía fue quedarse a nuestro lado, aunque tuviera que espantar monstruos, lavar platos gratis y renunciar a pintarse las uñas de rojo.

Estos son mis motivos para decir que la mía es la mejor mamá del mundo. Ustedes encontrarán los suyos propios y aprovecharán el domingo para decirle a sus madres lo mismo. Y lo mejor es que todos, absolutamente todos, tendremos la razón 

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