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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 16 de noviembre de 2022

La medida de las hipocresías

La admiración de algunos líderes políticos mundiales, sean estos mandatarios o voceros de sus partidos, por la figura de Vladimir Putin, es una buena medida de la hipocresía de sus defendidas ideologías. Después de la invasión a Ucrania en febrero pasado y de la larga guerra en curso la defensa del presidente ruso es insostenible. Pero aparecen muchos, a la izquierda y a la derecha, que aún se aferran a sus apegos y a sus gustos por el jefe de Moscú. No importa si se autodenominan comunistas de la vieja escuela, nacionalistas reivindicatorios de la Europa colonial o estadounidenses republicanos del Make America Great Again.

Primero hablemos de la derecha. La radical. Se olvida fácil en medio del agite noticioso contemporáneo que el mismísimo ex presidente Donald Trump alabó los avances del ejército ruso sobre la población ucraniana llamando a la embestida militar “una genialidad”. Pero también, aunque ahora se hagan los desentendidos, el italiano Berlusconi se jactaba hasta hace poco de su estrecha amistad con Putin, o la francesa Marine Le Pen defendía y decía “admirar” las jugadas del ruso. De la misma forma podríamos añadir un largo listado de figuras conservadoras menores a lo largo y ancho del globo que se sintieron - o se sienten - reflejadas en el conservadurismo homofóbico y racista del líder del Kremlin.

Pero también desde la izquierda más extrema. Estos aparecen como menos vergonzantes que sus colegas de la esquina opuesta. Por eso, cuando se habla del actual liderazgo ruso, hinchan los pechos personajes como Nicolás Maduro desde Venezuela o los dementes nicaragüenses Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo.

Podría preguntarse uno, frente a este panorama, si Vladimir Putin es de derecha o de izquierda. Y la respuesta no tendrá un resultado satisfactorio. Es sin duda un nacionalista, un pragmático autoritario. Es, ante todo, un reivindicador del pasado imperial ruso y su obsesión es devolverle a la inmensa nación sus años de mayor gloria, adobando todo esto con un profundo sentimiento de venganza por la forma en la que se cerró la Guerra Fría y el comportamiento de Occidente. Desde su defensa de lo ruso es opositor frecuente de las potencias mundiales y allí encuentra la alabanza de la izquierda radical latinoamericana. A esto hay que sumarle un apoyo económico fundamental a alicaídos amigos como el chavista y el sandinista. Al mismo tiempo su ataque a las libertades individuales le ha granjeado el apoyo de los ya nombrados derechistas europeos y americanos.

Ese panorama de intereses y discursos acomodaticios a lo largo de todas las pretendidas ideologías convierte a Vladimir Putin, y a los discursos que lo apoyan - sean estos escandalosos o timoratos -, en un gran termómetro de la hipocresía de la geopolítica contemporánea. Así que no nos vengan con las vestiduras rasgadas, de una esquina o de la otra, a gritar por sus convicciones. .

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