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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 13 de diciembre de 2016

La mentira como noticia

Este 2016, que pasará a la historia como un año extraño, convulso e incomprensible, ejemplo de esperanzas y al mismo tiempo ventana a los mayores terrores, también nos ha enseñado cuán fácil es mentir a lo grande.

Y no me refiero a las frases que esquivan la verdad y se acomodan a los discursos políticos del momento. No. Eso ha ocurrido siempre. Hablo de usar la mentira como centro de las arengas populistas que pretenden direccionar a una ciudadanía desilusionada, desconfiada y temerosa. Porque todo conduce a la formación del miedo como camino para la toma del poder.

Miedo al otro. Miedo a las instituciones. Miedo al gobierno y a la democracia misma. El miedo absoluto para que un sujeto (hombre como Donald Trump o mujer como Marine Le Pen) reciba el encargo de hacer lo que tenga que hacer para devolver la tranquilidad.

Nunca como ahora las mentiras fueron verdades absolutas porque son muy pocos los que se atreven a cuestionarlas. Es la pereza intelectual. El afán de repetir lo visto o escuchado como palabra de Dios. Sin corroborar fuentes. El ritual tan contemporáneo de hablar de todo cuando se sabe nada.

Y eso tiene consecuencias porque no son proclamas etéreas o cadenas de chats imaginarias que pasan de grupo en un grupo hasta volverse tema de conversación de almuerzos y olvidarse. Se trata de falsedades que tienen implicaciones sociales, que generan comportamientos discriminatorios y en algunos casos, incluso, pueden causar la muerte de los implicados.

Fue lo que pasó esta semana en Washington. En los agitados meses de la pasada campaña presidencial estadounidense voló la falsa noticia según la cual Hillary Clinton y su jefe de campaña, John Podesta, dirigían un centro de trata de niños como esclavos sexuales en una pizzería de esa ciudad. Corrió en redes sociales la etiqueta #PizzaGate hasta que Edgar Welch, un hombre indignado, decidió armarse y entrar al restaurante para acabar a bala con lo que consideraba una aberración demócrata. Todo era falso, excepto las balas que salieron de su fusil de asalto. Tenía además un revólver, una escopeta y un cuchillo. Estaba decidido a matar y morir.

Lo que pudo ser una masacre sustentada en la falsedad mediática finalizó sin heridos y con Edgar Welch tras las rejas. Quizá las próximas locuras no terminen con tan buen balance.

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