Amable lector. En el idioma que hablaban don Quijote y Sancho no existe ninguna palabra que cause mayor aflicción, tortura, congoja y depresión severa que impuestos. Mucho más cuando es una reforma tributaria y peor aún si tiene la bendición de Santos y de su ministro de Hacienda.
Los que protestan contra los impuestos a las gaseosas, al tabaco, a la vivienda, a las entidades sin ánimo de lucro, a los dividendos y participaciones, a los bajos salarios, al impuesto sobre las ventas y a muchos otros, en principio, tienen razón cuando afirman que pagar más impuestos para alimentar la corrupción y el derroche de los actos oficiales no se justifica.
A pesar de ello, es forzoso analizar un poco mejor la situación del Estado y las cargas que debe atender,...