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Publicado el 03 de octubre de 2021

La palabra ojalá

Por Martín Caparrós

La pregunta va y vuelve, se repite: las preguntas que importan siempre se repiten. Y, sin embargo, cuando me preguntan cuál sería la palabra más bonita de la lengua, yo no contesto —por cobarde, supongo—, pero suelo pensar en ojalá. La palabra ojalá es ilusión, suspiro de esperanza, ojos que se iluminan —y esos ecos—. “Ojalá se te acabe la mirada constante, / la palabra precisa, la sonrisa perfecta. / Ojalá pase algo que te borre de pronto”. A veces la palabra ojalá parece condenada a esa canción, un gran bolero, puro rencor enamorado, odio del bueno y del cubano. Pero está en tantos otros rincones y en todos es destello.

La palabra ojalá es un revuelo de castellanos varios: un aire del desierto y esa jota. La jota de ojalá puede ser tan distinta según donde se diga, desde la gárgara rasposa de Castilla hasta la leve aspiración del caribeño, pasando por todas las gradaciones intermedias —y terminando, al sur del sur, en esa ojala que sale sin acento—.

Ojalá es tan del sur: de esas partes donde se dice que las personas sienten más que piensan. Los ingleses y los franceses, tan aparentemente serios, no tienen una palabra equivalente. Recurren a expresiones banales: I wish, I hope, hopefully, j’espère, donde no hay un poder extraño que decide, sino sujetos que pretenden. Los italianos y los portugueses, en cambio, tan agoreros como nosotros, sí dicen magari o tomara.

Y ojalá nos define, pero, sobre todo, nos recuerda que no siempre fuimos lo que somos, lo que creemos que somos, eso que nos contaron. Ojalá, claro, es puro árabe: al principio fue law šá lláh, dice la Academia, que significaba “si Dios quiere”. Ojalá es pedir algo a esas fuerzas oscuras, rogar a quien se pueda. Es la idea de querer algo que quién sabe: lo contrario de creer que porque quieres algo lo vas a conseguir. Porque quieres algo puedes no conseguirlo, porque el mundo es demasiado complicado para estar seguro. Ojalá —decir ojalá— es una forma de decir la pequeñez de cada quien, la imposibilidad de controlar este caos de causas y efectos en que vivimos y sufrimos.

Pero no es fácil vivir con esa idea. Durante mucho tiempo el abismo era demasiado profundo para soportarlo y muchos, de puro susto, lo llamaban dios. Entonces, cuando alguien quería algo, se lo pedía a alguno de esos amos: quiera Alá. Ahora el mundo es más laico: la religión está cada vez más limitada a los más infelices, los que tienen más razones para esperar que el sinsentido en que viven tenga algún sentido, que un gran padre los saque del pantano. Muchos creemos que ya no le pedimos nada a un dios, y es casi cierto. Ahora nos parece que decir ojalá no es someter nuestros deseos a un padre todopoderoso, sino a los azares, aun más poderosos pero menos malignos: decimos ojalá y, al decirlo, deseamos que haya suerte y las cosas sean como querríamos. El azar no tiene ideas, no tiene moral, no tiene sacerdotes, no pretende decirnos qué debemos hacer; solo nos lleva y trae con su desdén de siempre.

Lo curioso es que, en este mundo casi laico, al decir ojalá la lengua nos traiciona y le volvemos a rogar a un dios. Que no es, para más inri, ese que mandoneó a los hispanos durante los últimos cinco siglos, sino otro, su primo y enemigo, tan mandón como el que sí lo hizo. Es “otro dios”, y es gracioso pensar en generaciones y generaciones de católicos férreos rogando al dios contrario, el dios de sus infieles. La lengua tiene esas formas de burlarse de quienes creen que la manejan.

Ojalá, entonces, es recochineo, y ojalá hubiera muchas palabras así: palabras que nos recuerdan que no hay pureza, que somos en la mezcla, que decimos mucho más que lo que creemos que decimos. Que hablar es entregarse a un sistema tanto más complejo, a sus azares; que uno nunca sabe del todo lo que dice: que hablar es, siempre, susurrar ojalá —y a ver qué pasa—

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