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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 05 de febrero de 2022

La política del odio

Vi en la cara de mi amiga una mueca de dolor sincero y agudo. Constataba que, a pesar de los acuerdos de paz, de avances innegables, de una resiliencia colectiva extraordinaria, Colombia parece incapaz de soltar el odio. Parece estar condenada a una toxicidad inescapable que reduce al país a ser cada vez menos nación y cada vez más un aglomerado de guetos angostos. “No solo estamos fragmentados; estamos fracturados”, me dijo mi amiga con una buena dosis de desconsuelo.

Pienso que una reflexión sobre el odio es necesaria. Porque no solo en Colombia, sino también en varias partes de Occidente, la política del odio está empujando a sociedades enteras hacia el abismo, en un ritual de suicidio colectivo. Es como si estuviéramos involucrados en una práctica de autodestrucción que nos exalta y nos excita. Pero, si paramos por un instante y nos ponemos a reflexionar, quizás tengamos la opción de dejar este hábito de mirar fuera de nosotros mismos, señalando con el dedo, juzgando, es más, condenando al otro de manera inapelable, con un dogmatismo que no le pertenece ni a Dios. Porque esta práctica de identificar al monstruo en el otro termina transformándonos en monstruos; nos deshumaniza. Decía Nietzsche: “Y cuando miras largo tiempo un abismo, el abismo también te mira a ti”. ¿Será eso lo que nos está pasando? ¿Será por eso que incluso cuando nos creemos activistas de la paz reflejamos los odios, las exclusiones, la violencia que imputamos a nuestros enemigos? ¿Será por eso que predicamos el perdón y la reconciliación, pero nos negamos a estrechar la mano de nuestros contradictores? ¿Será por eso que hablamos de inclusión mientras al mismo tiempo excluimos? ¿Qué hablamos de justicia, mientras armamos con furia y obstinación campañas persecutorias contra quienes declaramos enemigos?

Me lo pregunto porque hoy el odio que observo no es una simple emoción, sino que se ha vuelto una explicación del mundo, es decir, una narrativa que traza nuevos territorios morales entre el bien y el mal. Se ha transformado en una ideología de justicia y de persecución. Como resalta el italiano Carmelo Palma, “el odio hoy halaga al mismo tiempo a la política, a la que promete el consenso, y al pueblo, al que garantiza los agravios sufridos”. Un juego perverso. Pero en el odio no hay redención; solo hay destrucción. ¿Y qué futuro es posible en una sociedad que no habita la confianza? No hay ganadores, solo perdedores.

Propongo entonces otro camino, un viaje interior; para redescubrir y reconectarnos con nuestra humanidad. Para volver a re-conocernos y así poder volver a mirar al mundo fuera de nosotros mismos con ojos puros. Quizás, de esta manera, quedaremos inmunes frente al odio que nos persigue y, así, podremos seguir sonriendo a quienes nos insultan y calumnian, podremos mantener la mano estrechada a quienes nos niegan el saludo. Vivir así, no por ingenuidad, sino por genialidad. Quizás, de esta manera, sea posible alejarnos del abismo hacia el cual hoy estamos corriendo. Intuyo que es lo que mi amiga está intentando, a pesar de todo 

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