El pasado 25 de noviembre, el Papa Francisco habló ante el Parlamento Europeo. Comenzó haciendo un análisis de la situación de Europa y sus instituciones, que vale también para nosotros. Presentó un panorama marcado por “soledad”. Todo esto, dijo, va unido a un estilo de vida egoísta donde se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas sobre la dignidad sagrada e inalienable del ser humano.
Completó el diagnóstico señalando: “El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo– cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se descarta sin ningún reparo, como en el caso...