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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 12 de noviembre de 2015

La soledad de la independencia

Hacer política sin aceptar la política no es solo inocente, es torpe; supone poner en riesgo el futuro de hasta el más necesario de los proyectos políticos. El pasado 25 de octubre algunos movimientos y candidatos independientes lograron importantes victorias en las ciudades capitales, como Federico Gutiérrez en Medellín, Mauricio Armitage en Cali o Rodolfo Hernández en Bucaramanga, pero en general, las elecciones locales fueron una reafirmación de lo que muchos saben y algunos se niegan a creer: que para hacer política electoral hay que tener estructura política.

Y al hablar de “estructura política” no me refiero a las maquinarias de la vieja política partidista colombiana. Todo lo contrario, estoy hablando de una organización estructurada, con responsabilidades claras, recursos e ideología. Me refiero a un partido político en casi todo el sentido del término.

Esto no quiere decir que haya que abandonar principios o ceder ante presiones, mucho menos caer en clientelismo o corrupción. Es una invitación al pragmatismo ético como apuesta política, a entender que el juego se cambia desde adentro, pero que para entrar hay que saberlo jugar, que en efecto –y contrario a la sabiduría popular- sí puede haber política bien hecha.

Porque la única manera de quitarles la política a los politiqueros es redimiéndola.

Si algo han demostrado años de hablar mal de la política es que reforzar esa idea no es tan electoralmente atractivo como mantenerse en el poder; y que precisamente es allí donde se toman las decisiones importantes, se cuidan los recursos públicos y se pueden solucionar los problemas sociales.

¿El poder para qué? El poder para cambiar la realidad, para transformar la sociedad, no para quejarse eternamente de quienes lo detentan.

Hay políticos independientes que han entendido esta realidad. El mejor ejemplo fue la senadora Claudia López en estas pasadas elecciones, echándose al hombro lo que pasaba en las regiones con el Partido Verde, quitando y dando avales y apoyos políticos, incluso armando coaliciones que estuvieran de acuerdo en lo fundamental. Sus victorias no fueron absolutas, pero sí importantes; al final del día su partido había asegurado tres gobernaciones, varias alcaldías y muchos concejales y diputados.

Ahora bien, como muchos otros estoy convencido de la importancia de que las fuerzas independientes y ciudadanas tengan participación en la democracia colombiana. Suponen la mejor alternativa de renovación de un sistema político que nos ha dejado poco más que tragedias; pero sus perspectivas de futuro son sombrías y los movimientos o ideas políticas que no logran permanecer suelen volverse irrelevantes.

En política hay que gobernar, hay que “echar línea”, hay que comprometerse con ideas. En política hay que hacer política, sin temores o más reservas que las de la legalidad y la ética. De tal manera que la independencia no siga siendo sinónimo de soledad. Porque en la política la soledad implica no poder gobernar y de allí a la irrelevancia hay solo cuatro años.

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