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Publicado el 27 de enero de 2022

La verdad de Boris JohnsoN

Por Víctor Lapuente

Antes se pilla a un mentiroso que a un corredor con shorts de colores y calcetines de ejecutivo, como Boris Johnson. El primer ministro británico está en una situación delicada por ocultar las fiestas que celebró durante el confinamiento pandémico. Pero, como recalca la prensa, del The Independent al The Economist, sus electores no pueden sorprenderse. La posverdad ha formado parte troncal de la carrera, primero periodística y luego política, de Johnson. Si votas a un político y después miente, el problema es del político. Si votas a un político mentiroso, el problema es tuyo.

En parte, Johnson representa un salto civilizatorio. El gobernante conspirativo de hoy en día se reúne secretamente para celebrar eventos con sus amigos y no pactos militares con los enemigos del país, como sucedía antaño. Mejor correr con ropa hortera que presidir desfiles con traje militar. Pero el caso de Johnson nos habla también de una preocupante tendencia: el ingente desarrollo de nuestro tiempo no viene acompañado de un avance cultural.

Como nos recuerda cada año Kiko Llaneras, el mundo mejora científica y tecnológicamente. Vivimos el doble de hace cien años, construimos escuelas con impresoras 3D y conectamos inalámbricamente un cerebro humano con un ordenador. Pero, lingüística y culturalmente, estamos retrocediendo. Parece que la humanidad progresa en ciencias, pero empeora en letras.

Un estudio de la revista Pnas titulado “Ascenso y caída de la racionalidad en el lenguaje” ofrece una explicación curiosa del auge de la posverdad en la actualidad. Sus autores analizan el contenido de millones de libros publicados en inglés y español desde 1850 hasta 2019. Y encuentran un patrón intrigante, tanto en ensayo como en ficción. Las palabras asociadas con el procesamiento racional de la realidad (como “determinar” o “conclusión”) se fueron usando más de 1850 hasta 1980. A su vez, decrecieron los términos ligados a la experiencia emocional (como “sentir” o “creer”). Pero, desde entonces, esta evolución se ha revertido: ahora escribimos más palabras sentimentales y menos racionales. Y preferimos el “yo” al “nosotros”, indicando un lenguaje y, por ende, una forma de ver el mundo más individualistas.

Vivimos en una cultura sentimentaloide y egocéntrica donde los hechos importan cada día menos. Lo raro es que no tengamos más políticos como Boris

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