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Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 28 de noviembre de 2020

La verdad de la paz

El mundo se divide en dos: los triunfadores y los derrotados. Los que ganan y los que pierden. Tanto en la historia como en la vida privada. Y por lo que dijo Lord Wellington luego de vencer a Napoleón en Waterloo, que la única tristeza más grande que la de la derrota es la tristeza del triunfo.

Aquella, la derrota es un lugar privilegiado para contemplar y analizar al triunfador y entender que los laureles suelen ser fugaces y transitorios. Y amargas, a la larga, las mieles del triunfo.

El victorioso sabe, desde esa impenetrable soledad que con el triunfo se agranda, que los aplausos y los vivas que lo rodean no son sinceros y a menudo encubren intereses inconfesables. Y que detrás de los abrazos y los augurios hay miedos y cobardías que la victoria suele obnubilar.

La victoria, por lo demás, adquiere matices de comedia en la reacción de los seguidores del triunfador. Surgen entonces los heroísmos inventados, los cantares de gesta imaginados, las crónicas fantásticas y, por supuesto, el coro de aduladores encargados de ocultar o tergiversar la verdad para no acibarar el sabor dulce del triunfo.

Pero si no es fácil degustar con elegancia y sensatez las mieles del triunfo, tampoco lo es tragarse con estoicismo y magnanimidad las hieles del fracaso. Una de las satisfacciones del vencedor, supongo, es saber que aquel a quien derrotó sigue agarrado al clavo caliente del resentimiento, que lo carcome el rencor, que su existencia se agosta en la amargura.

Dos tentaciones pueden asechar al vencido: la de sentirse víctima irredenta o la de creerse héroe glorioso. Las dos favorecen al que ha triunfado y pueden ser en el derrotado síntomas de sumisión, de entrega. No hay que olvidar que los martirios sirven en primera instancia al tirano y que el heroísmo es, muchas veces, un sacrificio inútil.

Las condecoraciones póstumas son de gran consuelo, pero no son, precisamente, un parte de victoria, pues las batallas se libran en el terreno de la realidad. Ahí se ganan o se pierden. Los poemas épicos y las novelas de guerra las escriben, por regla general, quienes nunca pelearon.

Después de todo armisticio o rendición, saboreando el vencedor las mieles del triunfo y la hiel de la derrota el vencido, ambos acabarán encontrándose, generalmente en medio de la destrucción mutua, con una verdad a secas que nunca podrá ser botín de guerra. Una verdad que ni la gana el que triunfa, ni la pierde el derrotado: la verdad de la paz (¿o la mentira de la guerra?) Una paz (¿una mentira?) que brota, debe brotar, de todas las victorias, de todas las derrotas

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