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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 23 de enero de 2020

La vida ante sí

Hace poco le pregunté a alguien por una historia de amor, quería leer una bonita, distinta. Hay días que uno pretende arreglarlo todo, u olvidarlo todo, con esa esperanza extraña. La literatura está repleta de fragmentos memorables de amor, intensos, raros, de esos que uno quisiera guardarse por siempre para enfrentar el desasosiego; la literatura está hecha de vida, por eso leer sigue siendo, para mí, un amor perfecto, una oportunidad para salvarse.

Así fue como llegó a mis manos “La vida ante sí”, de Romain Gary, bueno, en realidad este seudónimo tuvo muchos otros nombres, pero dejémoslo así, digamos solamente que esta novela tuvo un éxito descomunal en su momento y ganó el premio Goncourt en 1975.

La novela gira en torno a los vecinos de un edificio en un barrio popular de París. Derrotados, travestidos, prostitutas, viejos frustrados, niños recogidos y una mezcla cultural de africanos, judíos y musulmanes de cualquier parte que han sufrido el horror de la guerra o la discriminación. La historia está narrada por Mohammed, más conocido como “Momo”, un niño de once años de origen árabe que es, literalmente, un hijo de puta. Vive en un piso sexto sin ascensor con Rosa, una anciana que se encarga de cuidar a otro puñado de chiquillos mientras sus madres se ganan la vida en la calle ejerciendo el oficio.

“Al principio, yo no sabía que la señora Rosa solamente me cuidaba para cobrar un dinero que recibía a fin de mes. Cuando me enteré, tenía ya seis o siete años y, para mí, saber que era de pago fue un golpe”, es una de las primeras decepciones de Momo, luego vendrán otras que lo llevarán a descubrir que no es posible vivir sin alguien a quien querer.

Esta es una novela de infancia, o sobre la infancia. Es un libro con un humor extraordinario, que te hace evocar la bondad, el absurdo de la guerra, la solidaridad. Es una historia donde se conoce un poco mejor lo que han sufrido los árabes y los judíos juntos. Y también lo divertido que puede ser jugar con la solemnidad de las tradiciones. Esta historia está hecha de particularidades, como las de la señora Rosa, quien guardaba un retrato de Hitler debajo de la cama y cuando las cosas iban mal lo sacaba, lo miraba y enseguida se sentía mejor, como quien dice, todo tiempo pasado también fue peor.

Resulta alentador pensar en todas las cosas bonitas que hay en el mundo y en los libros que aún podemos descubrir. Como es de bueno empezar el año con un librito memorable

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