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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 12 de julio de 2019

La vida, pura dádiva

El 16 de julio celebramos la fiesta de la Virgen del Carmen, la Virgen del escapulario, del don, de la dádiva. Cuando María responde al saludo del ángel: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, asistimos al más grandioso de los acontecimientos. En María, Madre de Dios y Madre nuestra, aparece personalizado el don, la dádiva de Dios al hombre y del hombre a Dios.

El apóstol Santiago tiene una afirmación admirable. “Toda dádiva buena y todo don perfecto [...] desciende del Padre de las luces” (1,17). Todo lo creado es dádiva divina, obra de la generosidad del Creador.

Un día Dios se regala una Madre a sí mismo y a nosotros los hombres, la Virgen María, imagen fiel del regalo de los regalos, la dádiva de las dádivas, Dios mismo dándose a los hombres, el Verbo encarnado, Jesús. “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,17).

Miro mis ojos en el espejo, pura dádiva. Miro mis dientes en el espejo, pura dádiva también. Todo en mí, en mi cuerpo y en mi alma, es pura dádiva divina. Contemplo en silencio mi mente y mi corazón, y me siento derretido de gratitud como niño en día de Navidad.

Eucaristía es dar gracias por un buen regalo. Celebro el rito de la eucaristía para expresar en él lo que soy, eucaristía, gratitud. Quien celebra un rito, expresa en él lo que es. Vivo dando gracias al Creador por el maravilloso regalo de existir. Mi escapulario es memoria en cada instante de lo que soy. Mi vida es continua eucaristía.

El escapulario, pequeña tela colgada sobre pecho y espalda, es una pequeña dádiva divina al hombre por medio de la Virgen del Carmen, símbolo de la vida, regalo de regalos, que estimula en mí la virtud de la esperanza, que es de lo que no tengo, sino que tendré.

El escapulario es memoria de memorias, no de lo que tuve, sino de lo que espero tener, puro juego de memoria y esperanza. Mi esperanza vive purificando mi memoria llevándola del pasado al futuro camino del presente. La compañía divina me anticipa en el tiempo la eternidad.

Amo a la Virgen del Carmen, orgulloso de ser su hijo, pues su escapulario es la pequeña dádiva que ha sido para mí la memoria de lo que espero: gozar con la Virgen María de la dicha del Señor en el país de la vida.

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