Uno de los recuerdos más gratos de mi familia tiene que ver con las vacaciones en la casa de la abuela. Era tanta la emoción de aquellos días largos y calurosos que solo cuando nos hicimos adultos nos percatamos de que el chocolate era muy clarito, la carne del almuerzo muy chiquita y diminuto el chicharrón de la comida. Y también ya viejos descubrimos las razones: Éramos treinta o más, entre tíos, primos y pegados, no se estilaba hacer vaca para sufragar gastos y, aparte de un paquete de pandequesos, confites o galletas, nadie llegaba con una provisión de víveres. ¡Qué descaro!
Hoy, que daríamos la vida por volver a sentir el sabor de sus pequeñas porciones, agradecemos profundamente su hospitalidad y su condición de anfitriona generosa. Pero...