La primera catedral de estilo gótico en ser construida fue la Basílica de Saint Denis, en lo que entonces eran las afueras de París. Saint Denis era el santo patrón de los reyes de Francia. Un mártir que fue decapitado, y según cuenta la leyenda tomó su cabeza y caminó hasta el lugar donde quería ser enterrado.
La importancia de la basílica de Saint Denis va mucho más allá de las tumbas reales. Esa basílica fue el primer edificio gótico y significó un quiebre en la Edad Media, cuando quedó atrás el simple estilo románico y la arquitectura pasó a jugar un papel clave en la forma como la humanidad leía las escrituras. Pero más allá de un relato bíblico lo que se comunicaba a través de pórticos, vitrales y estatuas de piedra era la historia de la humanidad. En un mundo en que no existía la imprenta las catedrales se convirtieron en los libros. Hasta en la prensa.
El Abad Suger en el Siglo 12 fue el responsable principal de ese giro. Fue él quien tuvo la idea de dejar atrás el estilo sobrio y desnudo de los arcos románticos y de los vitrales transparentes. Inspirándose en el libro de Ezequiel le dio un cambio radical a la forma de concebir la arquitectura y el arte dentro de las catedrales. La forma y estilo de la decoración de las catedrales se conoce al día de hoy como gótico flamboyante. Su influencia fue tan grande que trascendió Francia y llegó a España e Inglaterra. Estos edificios buscaban ser la Nueva Jerusalén que anunciaba el juicio final y de allí empezó el culto a la virgen María.
La Virgen María, a quien están consagradas casi todas las grandes catedrales a partir de Saint Denis, se convirtió en la gran intercesora por el alma de los humanos que iban al cielo. Mientras tanto, el sentido de la vida en la Tierra estaba en alcanzar la virtud suficiente para llegar a ese Cielo. Los sufrimientos de la vida dura y violenta de aquella época los aliviaba la Fe en esa posibilidad de llegar al mundo futuro.
El objetivo de las catedrales no era otro que dejar testimonio en piedra del pensamiento humano. Un milenio más tarde muchas siguen de pie. Han soportado guerras, revoluciones y quedan como estandarte del valor humano de la resiliencia. Algunas fueron salvadas por los hombres que desafiaron la orden de destruirlas y quedan hoy como testimonio de que el libre albedrío es donde yace la pujanza humana.
Cuando en días pasados ardió Nôtre Dame de París a pesar de vivir a un océano de distancia sentimos que ardimos con ella. Ver las llamas consumir su techo y ver el desplome de la aguja que creíamos indestructible se sintió como un castigo o una profecía. Pero no podemos olvidar que las grandes catedrales no han salido ilesas de su paso a través del tiempo. Es parte de la vida verlas cambiar, a veces sucumbir. Nos enseñan que parte de la vida es resistir. Aunque después de cada golpe no sigan siendo idénticas porque la gloria no está en evitar el cambio, sino en enfrentarlo de pie.