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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 28 de abril de 2022

Las diferentes formas del agua

De un tiempo para acá ando obsesionada con el agua y no sé si es porque llevo una temporada viviendo al pie de un río. O porque de la nieve del invierno pasé, sin tregua, a la lluvia de la primavera. Ignoro de dónde viene esta sed acumulada y estas ganas de ducharme varias veces al día. Cuando no estoy escribiendo voy a nadar a la piscina pública hasta que la piel se me arruga como si fuera una pasa. Asalto sin pudor la máquina de hielo, piso los charcos, escribo una novela sobre sequías y zahoríes. Experimento la misma sed de mis personajes, pero, a diferencia de ellos, encuentro agua en todas sus formas y la aprovecho al máximo como si de verdad fuera a escasear. Pienso que somos lo que pensamos porque pensamos en lo que nos obsesiona y por eso, en este momento, soy mis personajes y su sed. Soy también el agua que ellos necesitan y está en mi pluma decidir si brindárselas o no.

No recuerdo en cuál novela de Jim Harrison aparece un chamán que había sido ingresado a una institución mental por pasar un año dedicado a ser árbol y otro a ser piedra. Tras varios días interno, decidió convertirse en río y, ante la mirada de médicos y pacientes, cada mañana se ponía lo que él llamaba su “traje de agua” y luego se tumbaba en el suelo simulando un estado líquido. El psiquiatra optó por dejarlo salir tras darse cuenta de que hay que estar muy cuerdo para desconectarse y conectarse de la realidad de manera voluntaria y consciente. Poco después alguien lo vio con una bandada de cuervos y, desde entonces, la especulación era que se había ido volando con ellos, aunque nunca nadie supo precisar hacia adónde. Pienso que somos también lo que deseamos. Somos nuestro propio escape cuando la realidad se torna agobiante.

Hace poco leí a Roger Deakin, un hombre excéntrico al mejor estilo inglés, que por falta de oficio y exceso de tiempo, terminó atrapado por la natación y la escritura. Su hazaña consistió en nadar a lo largo de absolutamente todos los cuerpos de agua de Inglaterra y documentarla en un libro maravilloso titulado Diarios del agua. Su conclusión es que “caminar y nadar siempre serán actividades subversivas: nos permiten volver a sentir la esencia antigua y salvaje, nos sacan de rutas establecidas, nos liberan de la versión oficial de las cosas”. Deakin me obligó a pensar que, de alguna manera, somos también lo que subvertimos. Llevamos por dentro el eco de la libertad perdida, de los caminos olvidados, y, por lo tanto, somos el esfuerzo por conquistarlos.

En uno de sus poemas más conocidos, Alejandra Pizarnik se pregunta: “Si digo agua, ¿beberé?”. Por supuesto que no. Los seres humanos no podemos volver realidad lo que verbalizamos; somos incapaces de convertirnos en agua o de salir volando con una manada de cuervos, pero podemos leerlo o imaginarlo y eso debería ser suficiente para sobrellevar el peso de la existencia 

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