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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 08 de junio de 2021

Las enseñanzas mexicanas

Las elecciones de medio término que acabaron de realizarse en México, y en las que se ratificó el poder de Andrés Manuel López Obrador, con Morena ubicándose en cuadros fundamentales del legislativo y en nuevas gobernaciones, acondicionan el segundo tiempo de un presidente que, aun con inmensas críticas, mantiene una popularidad superior al 60 por ciento luego de dos años y medio de ejercicio.

El caso de AMLO es una muestra de la particularidad mexicana. Al mismo tiempo nos explica la dificultad de analizar conjuntamente los procesos latinoamericanos y la invalidez de categorías como izquierda o derecha en este particular momento de debilidades partidistas. Es también una radiografía del declive de los viejos feudos transaccionales que gobernaron por décadas. El hemisferio es cada vez menos un conglomerado que se mueve uniformemente y cada vez más la conjunción de una serie de islas políticas cuyas decisiones electorales responden al espacio y al tiempo en el que se efectúan las votaciones.

Así, con la violencia disparada en las calles, el narcotráfico sin tregua y la demagogia en alza, los gobernados del país norteamericano esperan -o confían- que el país tome un nuevo rumbo. AMLO es más reconocido como símbolo de rechazo a las élites corruptas que por su ejecutoria, limitada y contradictoria.

Porque México está igual o peor que cuando López Obrador asumió a finales de 2018. Solo hace falta ver el camino que llevó a los mexicanos a las urnas este fin de semana y cómo estuvo manchado por una violencia sin tregua. Según un informe preparado por la consultora Etellekt, en más de nueve meses de campaña 35 candidatos fueron asesinados y se registraron 782 agresiones contra políticos a lo que se le suman denuncias por secuestros, robos y ataques a familias de los aspirantes a cargos públicos. El país es un hervidero.

Pero AMLO está ahí, omnipresente. Hablando en ruedas de prensa eternas, cada mañana, y dando muestras falsas de transparencia porque dice lo que la gente espera de él. Señala como culpables del desmadre al pasado y a los otros y, desde la cima y sus beneficios, moldea a su antojo el discurso y con él, la realidad. No deja de ser paradójico, sin embargo, ver a un político que hizo carrera siempre apuntando al establecimiento como su enemigo, y ahora es la encarnación más patética del poder

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