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Gracias al profesor que nos abrió la puerta al mundo de los libros. Al médico que nos salvó la vida. A la vida misma.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
Hay libros que son una especie de oración. Pueden empezarse a leer susurraditos, con una cadencia lenta hasta lograr la armonía necesaria que nos conecta con algo, en este caso, una historia que conmueve. Luego, esos mismos libros, se recitan en voz alta, porque las frases son cortas y las palabras: medidas, justas. Después llega un contenido, la sencillez de un mensaje: gracias por la sal, por la puerta, por la información. Gracias por el pan, por el paquete de cigarrillos. Gracias enfáticas: a ti, por todo. Infinitas gracias. Gracias de verdad. Gracias al profesor que nos abrió la puerta al mundo de los libros. Al médico que nos salvó la vida. A la vida misma.
Y así, podría hacer más larga la introducción de esta columna y me faltarían muchas páginas para completar esta “oración” que surge de un libro, y que si tuviera nueve años, y una memoria más fresca, me lo aprendería como prerrequisito para hacer la primera comunión, no esa donde se espera con ansias el cuerpo de cristo como símbolo, sino esa comunión, la que fortalece el vínculo con el otro y nos permite agradecer la existencia de cada ser humano, no solo de lo divino.
¿Cuántas veces al día das las gracias? ¿Quién fue la última persona a la que le dijiste gracias? ¿Cómo dimensionas la gratitud en la cotidianidad? ¿A quién no alcanzaste a decirle gracias? Me quedo pensando en estas preguntas que surgen al leer nuevamente “Las gratitudes”, de Delphine de Vigan, justo en estos tiempos donde, a raíz de la tragedia que hemos vivido en Colombia, palabras como solidaridad, el otro, gratitud han estado presentes en casi todas las conversaciones que hemos ido teniendo.
Esta novela corta dice muchas cosas. Habla de qué es envejecer, de la necesidad de las caricias, de la compañía, de la evocación del pasado, que ojalá pueda ser sanado y agradecido. Así, vamos conociendo el universo riquísimo de Michka gracias a Marie y Jérôme, pero, por ahora, digamos que Michka es una mujer que recién entró a un centro de ancianos porque cada día que pasa le cuesta más levantarse, y además sufre una afasia, la cual le da pie a la autora para construir un universo extraordinario, hasta el punto de recrear en la protagonista su propia sintaxis, que define la desorientación y su fantasía. Y este es un gran acierto en la novela, porque, poco a poco, nos vamos acostumbrando a ese lenguaje, que es a la vez cómico y poético.
Si no han leído “Las gratitudes”, regálense esa lectura, dense ese tiempo para pensar en los otros, en qué es la vida, la familia que nos acoge, no aquella que se tiene por derecho. Apenas terminen de leerla, no tienen que agradecerme nada a mí, agradezcámosle siempre a De Vigan que, en pocas palabras, dijo tanto. Yo no me cansaré de agradecer por este libro, y de paso, por aquellos que me quedan por leer y compartir con quienes han ido ocupando un lugar esencial en mi vida. Como diría Michka en su lenguaje: “gracias de merdad”. ¡Amén!