Entiendo completamente las lágrimas de Barack Obama al recordar a los 20 niños abaleados en la escuela Sandy Hook, en Connecticut, en diciembre de 2012. A quién no se le rompe el corazón recordando semejante tragedia tan absurda. Que un joven de 20 años entre a un colegio y dispare contra niños de 6 y 7 años, es absurdo y catastrófico.
Sin embargo, me parece que en un presidente, más aun en el presidente de la nación más poderosa del mundo, las lágrimas no son la mejor manera de mostrar sus sentimientos y, mucho menos, de lograr un mayor y mejor control sobre la venta de armas, ni de absolutamente nada de lo que se propone su gobierno.
Un líder lloroso, no importa si es hombre o mujer, se percibe como débil, demasiado emotivo, quizá abrumado...