El cerebro está pulsando frente a mí. Nunca imaginé que el cerebro latiera como un corazón. Es beige, casi café claro, y las venas y arterias son moradas, extendidas, como arañas cuidando su presa. No puedo voltear a otro lado. Si el alma existe, está ahí dentro.
El cerebro está a la vista. Hace poco más de una hora que comenzó el complicado proceso de rasurar el cabello, cortar la piel y el cráneo, y levantar la duramadre, la bien llamada membrana que protege maternalmente al cerebro. Un pedazo de hueso, cuadriculado y de unos 5 centímetros por lado, fue cortado con una sierra especial, y la ponen a un lado como pieza de Lego. Veo ese cerebro, y lo único que puedo decir es “qué maravilla.” Me refiero tanto al órgano como a los meticulosos médicos...