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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 11 de diciembre de 2014

Las trampas de la tradición

No todo lo que se ha hecho por décadas es, necesariamente, bueno; no todo lo se ha visto en el pasado y se repite en el presente tiene, por defecto, que ser positivo. Hay comportamientos sociales que aunque tradicionales, resultan perjudiciales para una sociedad; irónicamente, el mes de diciembre es el momento para recordar varias de esas prácticas que se han convertido en tradición y que en la cabeza de muchas personas se vuelven justificables por sí mismas, porque, dicen, se han venido haciendo por años y solo eso las hace importantes.

Esta actitud, curiosamente conservadora, ha sido asumida por algunas personas en Medellín que defienden la quema de pólvora –que aumenta exponencialmente a final de año- en la histórica afición antioqueña a celebrar casi todo lo celebrable, pero sobre todo sus ceremonias religiosas y festividades, “echando” voladores al aire.

Pero no es solo una opinión en la calle: columnistas como Pascual Gaviria (El Espectador, 02/12/14) se quejan de las acusaciones que salen de un sector ciudadano en contra de los que queman pólvora en la ciudad. Advierte, no sin algo de razón, de los peligros de la estigmatización salida de sostener que la afición a la pólvora es una costumbre “mafiosa”. Sin embargo, su defensa de la “tradición” polvorera antioqueña se queda corta en reconocer su naturaleza excesiva, peligrosa y desconsiderada.

Solo en la noche del 30 de noviembre y la madrugada del 1 de diciembre –la tristemente célebre alborada, una “tradición” iniciada por paramilitares en 2003- en Antioquia se presentaron 19 quemados por pólvora (15 de ellos en Medellín), dos heridos y un muerto por balas perdidas. Entre 2012 y 2013 se presentaron 237 quemados por pólvora en el departamento, de acuerdo a cifras del Instituto Nacional de Salud. Al menos la mitad de estas personas eran menores de edad. Antioquia es responsable de uno de cada cinco afectados por pólvora en el país, y Medellín representa la mitad de los casos antioqueños.

Luces y gritos, ruido y quemaduras, vaya tradición...

En la desconsideración por el bienestar ajeno reside la desgracia de la quema de pólvora. El problema no es si evoca a ceremonias religiosas y fiestas familiares o a traquetos borrachos y paras festivos, sino que supone una absoluta despreocupación por el seguro ruido y el probable daño físico que puede hacer a otros. Hace parte de esos comportamientos excesivamente individualistas que determinan tantos problemas sociales, peor, cuando se justifica y apega a una “tradición” para sobrevivir entre nosotros.

Pero una sociedad no tiene por qué estancarse en el lugar a donde su historia la ha llevado –si alguna ciudad debería tener eso claro es Medellín- en ocasiones algunas tradiciones deben dejarse atrás, porque el cambio no es siempre malo y porque a veces se pueden hacer cosas mejores de las que se han venido haciendo.

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