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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 15 de octubre de 2015

Leer sobre el comunismo

– ¿Tiene algo sobre el comunismo? –preguntó la joven, con esa voz dulce y a la vez firme de las mujeres paisas.

El empleado de la librería le propuso un par de títulos, desde novelas históricas ligeras sobre el siglo veinte, como “El Umbral de la Eternidad” de Ken Follet, hasta los canónicos más rancios, como “El Capital” de Marx o “El Estado y la Revolución” de Lenin, sin convencerla.

–No, no –repuso ella –quiero algo sobre comunismo en Colombia o de cómo los comunistas llegan al poder. Es que me interesa saber porque tengo el presentimiento de que eso es lo que va a pasar en Colombia.

El vendedor guardó un desconcertado pero respetuoso silencio. Un instante después comentó:

–Ah... Pero eso es como difícil que pase acá... –luego del instante de duda, regresó a su papel de vendedor- pero sigamos buscando que seguro hay algo por aquí.

Vendedor, la joven y su padre siguieron su búsqueda, internándose en los anaqueles de la librería. Al fondo las secciones de niños, la literatura para jóvenes y la fantasía.

El episodio es de un pasado y distraído domingo en un centro comercial de Medellín, pero una duda fundamental me ha acompañado desde que lo presencié, ¿es la posibilidad de la “llegada del comunismo al poder” una percepción generalizada o al menos importante en Colombia?

Una visita a los foros de páginas web e incluso ciertas conversaciones disparatadas por redes sociales parecería sugerirlo, que muchos colombianos se trasnochan pensando que a la vuelta de la esquina nos espera un futuro de régimen comunista preparado por la conspiración improbable entre los “castrochavistas” y el Gobierno de Juan Manuel Santos.

El problema de estas ideas es que se fundan en exageraciones, vacíos de información y en el peor de los casos, manipulaciones de líderes políticos que han sabido capitalizar el miedo. Los defensores de esta teoría de la conspiración (y del fin de los tiempos) citarán el caso de Venezuela; pero el país vecino recorrió un camino propio muy lejano al caso colombiano para caer en las manos de Chávez. Es su historia y no la voluntad de un personaje lo que lo llevó al lugar desastroso en el que se encuentra.

De igual forma, por más que la desmovilización de las Farc y su pretensión de participar en política presenta serios desafíos para la institucionalidad y la democracia colombiana, resulta muy improbable que su escuálido apoyo popular o poder territorial los lleve a algo más que un par de alcaldías y dos puestos cedidos en el Congreso de la República. Nuestro país tiene problemas más graves, situaciones más urgentes que estos temores supersticiosos y cuando nos distraemos de esas prioridades les estamos dando oportunidad a los oportunistas para que olvidemos lo necesario por lo fantasioso.

Volvamos a lo que realmente importa; el temor exagerado por la supuesta llegada del comunismo no puede sacarnos de las discusiones sobre el clientelismo, la corrupción, la sostenibilidad de las políticas sociales, la gestión de la seguridad ciudadana, la generación de empleo e incluso los desafíos del mismo proceso con las Farc, como la reinserción de desmovilizados, el seguimiento al cumplimiento de los acuerdos, la justicia, la verdad y la reparación de las víctimas. Porque es a través del buen gobierno que realmente espantamos a los extremos ideológicos; es con la ciudadanía que mantenemos a los conspiradores y a los manipuladores lejos del poder.

Supongo que, viéndole un lado positivo a todo este asunto, la preocupación de la joven de Medellín por el advenimiento del comunismo en Colombia al menos la está llevando a leer.

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