No es casualidad que mientras escribo esta columna una mosca ronde mi cabeza, se pare un segundo sobre “El origen”, de Thomas Bernhard, ponga sus paticas peludas en el borde de la taza de café que ya terminé, adopte una postura similar a la del hombre araña en el techo. No es normal que las moscas vigilen mi estudio, a veces aparecen, dan un pequeño paseo por los anaqueles, como si contaran las novedades, y luego se van sin que yo me percate. Pero esta vez la mosquita no se quiere ir, quiere escuchar lo que leo en voz alta, se dio cuenta de que el relato ha sido escrito por un pariente suyo que voló México hace unos cuantos años y le dio por escribir un diario.
“Es tan insignificante el peso de mi cuerpo, que ni siquiera dejo huellas cuando vuelo”,...