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hace 1 hora
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

Los médicos de turno que pudieron, dejaron de atender a otros pacientes sin riesgo inminente para que el estado del joven que llegó tras una operación de rescate de tres horas, fuera más de vida que de muerte. Llantas arriba y con las latas retorcidas dentro del caño, el aspecto del vehículo respaldaba la incredulidad de los padres. Nadie habría podido afirmar que ese era el carro en que su muchacho había salido en la tarde a producir. La noche y la madrugada no solo tienen recargo en la tarifa, también en las tragedias.

Dos hombres que ya transitaban el sexto piso de la vida, y el triaje de ingreso, esperaban en camillas contiguas. Había transcurrido una eternidad de dolor y apenas algunos minutos desde su llegada. Ambos cargaban con un error estúpido que los torturaría en lo que quedara de su andar. Uno lloraba y el otro gritaba quejándose. Los dos habían escuchado las sirenas y el frenado en seco de la ambulancia.

Vivían la misma lucha por existir. Posible fractura cervical, sangrado interno y lo que parecía una perforación pulmonar para el joven recién llegado. Probable lesión de cadera para el viejo gruñón, y fractura de clavícula con hombro dislocado para el de las lágrimas.

onaban el monitor multiparámetro, el electrocardiógrafo y el pulsioxímetro. Había manchas rojas en los uniformes antifluidos y mil voces dictando órdenes, que si el suero, que si O positivo, que si el desfibrilador en sala, que si se nos va... El viejo de la clavícula lloraba en silencio mientras el otro gritaba. Amargura y dolor compartiendo las mismas paredes.

El sufrimiento tomó el mando y barrió con la prudencia. Errores estúpidos. El gruñón se había subido a un butaco inestable para hurgar en la alacena. El otro se había distraído tres segundos con el celular, por eso el mar en sus ojos. No decía nada. Si es cierto que de viejo se vuelve a la infancia, este era un niño llorón escuchando cómo el vecino exigía a gritos que le pusieran una almohada en la cara al agonizante, argumentando que así se le pasaba el sufrimiento, mientras descolgaba una mano de poca carne de la camilla para señalarlo. Así, al fin, podrían atenderlo a él, era lo que pensaba.

La enfermera jefe era consciente de que aunque la culpa de un error estúpido tendría consecuencias en lo que les restara por andar, tendría que darle un parte frentero sobre su estado que lo parara ya. Un tatequieto. Adiós consideración de estado y de edad, eliminados del grupo y se encamina hacia donde el gritón.

Buscando algo de alma en sus ojos, lo miró de frente. Le dijo que, con toda una vida entera que había tenido, por lo menos debería saber actuar como un ser humano. Señaló al vecino de lágrimas pesadas y le aclaró que ese hombre cargará con la verdadera culpa de un error estúpido, la distracción en el celular que causó el accidente del joven por el que los médicos luchaban. Aquí solo hay algo despreciable y es usted, le afirmó, mientras le acomodaba la almohada.

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