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Espiritualidad

hace 1 hora
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

Cuando despertó de la cirugía, su mano izquierda no era suya. Su pierna izquierda, tampoco.

Ella, que era deportista. Que se movía sola por el mundo sin pedirle permiso a nadie. De un momento a otro no podía vestirse, no podía comer, no podía sostenerse de pie ni por un instante. Dependía de otros para todo. Para absolutamente todo.

Antes de llegar a esa cama de hospital, ya cargaba algo difícil. Una lesión en un nervio de la pierna le había instalado un dolor crónico, severo, incapacitante. El tipo de dolor para el que no existe analgésico. El que acompaña al despertar, al trabajar, al intentar dormir. Con ese dolor encima, Elsa seguía. Médica, amiga, parte de una familia. Seguía.

Luego encontraron el tumor cerebral. La operaron. Durante la cirugía de alto riesgo hubo una hemorragia que nadie pudo evitar, y cuando volvió en sí, el cuerpo que había dominado toda la vida ya no respondía igual, ahora respondía a una hemiparesia izquierda. Una perdida de moviento parcial.

Pero había algo construido antes de ese obstáculo. Una práctica espiritual tejida con años, con disciplina y convicción. No era el escudo para cuando llegara lo peor, era su forma de vivir. Era su red, la que la recibió en una nueva realidad de invalidez y dependencia.

Claro, no le devolvió lo que había perdido. No borró el dolor ni deshizo lo que pasó en esa cirugía, pero le permitió, en cambio, algo que muy poca gente logra cuando la desgracia y su fea costumbre de atacar por sorpresa llega: no quedarse ahí. Aceptar. Moverse desde adentro hacia afuera. Ella ya había avanzado lo suficiente para comprender lo incalculable.
Nada en la existencia sucede sin un propósito espiritual, aunque ese propósito solo se comprenda tiempo después de que la situación ha ocurrido. Así lo asumió, convencida de que a las personas buenas también les pasan cosas malas porque la vida - lastimosamente- no es un sistema de recompensas. Es un camino de aprendizaje y los golpes más duros suelen ser los maestros más precisos, salvo que uno quiera lo contrario.

Quienes construyen ese espacio interior antes de necesitarlo no son personas a las que la vida les ha tratado mejor. Son personas que decidieron, en algún momento ordinario, tomarse en serio lo que ocurre adentro. Que entendieron que el mundo exterior es impredecible y que la única variable que depende de uno es la calidad del territorio interno desde el cual se responde.

Eso no tiene nada que ver con ser invulnerable. Es hacerse capaz. La diferencia es enorme entre las dos cosas. La invulnerabilidad es una tonta ilusión que se rompe con el primer golpe fuerte. La capacidad, en cambio, es real y se prueba exactamente cuando más duele, y no desaparece cuando la situación se complica. Al contrario, es ahí cuando aparece con más claridad.

La pregunta entonces no es si va a llegar algo difícil. Eso no está en discusión ni es pesimismo. La pregunta es qué habrás construido espiritualmente para cuando llegue.

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