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Fe ciega

hace 1 hora
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

La casita amarilla de persianas azules al sur de Francia, a la que se habían mudado al jubilarse, no fue el lugar de sus sueños, sino una mansión del terror, de la que ella no tenía memoria. De lo que sí la tenía, eran de los 50 años que habían estado juntos construyendo una familia y en la que sacaron adelante a sus tres hijos, que ya los habían convertido en abuelos.
Justamente, al llegar tras pasar varios días con sus nietos, él la recibió con lágrimas. Le dijo que no quería perderla. Un gesto que no le extrañó. Lo consideraba un hombre genial, bueno y amable. Por ello nunca sintió miedo a envejecer a su lado, lo sentía como un privilegio. Incluso cuando le confesó la razón de su llanto.

Dias atrás, en un supermercado, había sido descubierto grabando bajo la falda a tres mujeres. La policía le incautó su celular y como parte del procedimiento había ido a la casita amarilla de persianas azules para incautar su computador. Además, tenía ahora una citación judicial a la comisaría a la que ella debía acompañarlo.
En él veía aún a aquel joven del que recordaba su sonrisa, la mirada tímida, el pelo largo y rizado hasta los hombros del que se había enamorado a primera vista. Era espantoso lo que le estaba confesando y le producía un gran dolor, pero no era irreparable. Le exigió disculparse con esas mujeres, ir al psicólogo y la promesa de que no lo volvería a hacer o lo dejaría. No le contaría a sus hijos para evitarles la gran tristeza y la vergüenza que ella sentía. Él le prometió que no volvería a pasar. La mujer valoró su honestidad por contarle.

Ya en la comisaría, cuando llegó el día de cumplir la citación, ella fue llevada aparte. Consigo llevaba la convicción de que nada como la transparencia y la confianza de una pareja de toda la vida. Por ello respondió que sí sabía porque estaba allí acompañando a su marido, quien nunca le había jugado una mala pasada. Incluso lo pensaba cuando se acomodó los lentes para ver con claridad el gran fajo de fotografías que le pidieron observar con detenimiento mientras le hacían preguntas para ella inverosímiles.

Que si practicaban intercambios de parejas, que si recibían visitas frecuentes, que si se acostaban juntos a la misma hora o incluso que si ella hacía la siesta después de comer. Mientras tanto ella reconocía su cama, sus lamparas, su habitación con persianas azules en las fotos. Pero no reconocía a la mujer que en ligueros negros e inconsciente, aparecía siendo abusada por distintos hombres. 53, le dijo el comisario, agregando que su esposo estaba siendo detenido por violaciones agravadas y administración de sustancias nocivas.

—Es usted señora Pelicot— le dijo.

Creer no siempre es un acto de fe ciega. A veces es una forma de supervivencia emocional. El amor no siempre nos engaña, a veces somos nosotros quienes decidimos no mirar.

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