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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 03 de enero de 2019

Libro tarot

Ya es costumbre: echar los libros al azar para predecir el futuro, para saber qué pasará en 2019. El ejercicio empieza con una frase contundente: “Eso es amor, niño, y deseo mutuo, los que juegan con la manzana inician su amor, mientras los que se tiran flechas no dejan de quererse”, leo en el primer libro de mi biblioteca, uno de Juan Carvajal Franklin que se llama “De la musa mercenaria & CO”.

Sigo con mis ojos cerrados y encuentro en un libro muy bello que se llama “La noche”, de A. Álvarez, lo siguiente: “La imagen se parece mucho a la de una clínica moderna de salud, con piscina, gimnasio, masajes, aromaterapia, dieta vigilada y asesoramiento. No tiene nada que ver con el psicoanálisis, por la simple razón de que en la antigüedad los sueños no se consideraban personales, acaso porque en sociedades religiosas estrictamente jerárquicas la vida personal importaba muy poco. Los sueños eran mensajes de los dioses; interpretarlos correspondía a los sacerdotes y el soñador era un mero vehículo, un canal para fuerzas sobrenaturales que –oficialmente– no tenía gran relación con él”. Por algo los griegos nunca hablaban de “tener” un sueño, sino de “verlo”, pienso, sin saber si este año llegaré a ser un mensajero de los dioses. Procuraré, eso sí, estar más atento con lo soñado. Antes, lo primero que hacía era escribir sin parar todo lo que soñaba, las cosas absurdas, los saltos y las transformaciones inexplicables. A los sueños hay que respetarlos como son. Pero un día se me borraron más de 250 páginas que llevaba en una carpeta que llamaba obviamente “sueños”, y me desanimé. Ya incluso casi ni recuerdo lo que sueño. Propósito de año: mirar los sueños nuevamente con cariño, volverlos a escribir.

El tercer libro lo busco queriendo indagar sobre el destino de mi país. El resultado es el siguiente en “El cóndor y las vacas”, escrito por Christopher Isherwood: “Mi impresión más profunda es la de que hemos estado viajando por un imperio en la etapa final de su disolución. Es cierto, sus provincias se revelaron hace mucho tiempo y establecieron su independencia. Hasta las manifestaciones superficiales del dominio de Madrid han desaparecido. Pero las nuevas repúblicas no son realmente libres, no están integradas. Todavía no son naciones”. Quedo impresionado con la pertinencia de lo leído.

En el libro final, quiero una frase que me consuele, algo corto. Abro el libro “Vibrato”, de Isabel Mellado, y sus notas musicales hechas literatura me dicen como en secreto: “Todo tiempo pasado sonó mejor, tanto mejor”. No sé si me consuela, pero los libros dicen lo que tienen que decir, así como los años nuevos traen lo que tienen que traer, ojalá cosas muy buenas para todos mis lectores en este 2019.

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