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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado

Llegaron cartas

Hace un par de semanas entré a mi casa y encontré un sobre dirigido a mí. No se trataba de la factura de los servicios ni la del celular. El remitente no era el banco ni la Dian. Lo más extraño de todo fue leer mi nombre escrito a mano en un sobre azul del que saqué un par de hojas igualmente escritas a mano. Me costó entender lo que estaba pasando, pero cuando lo hice, sonreí: ¡había recibido un carta! Una de verdad. Según mis cuentas, que suelen ser terriblemente malas, llevaba unos veinte años sin recibir ninguna. Tanto así que había escrito una columna reflexionando sobre ello. Pues bien: alguien leyó la columna, consiguió mi dirección y se tomó el trabajo de escribirme. Querido alguien: me hiciste muy feliz.

Lo anterior no fue la única consecuencia de esa columna. Cuando se publicó, me gasté los dos días siguientes respondiendo mensajes en mis redes sociales de gente que también echaba de menos las cartas. Una semana después fui citada por un par de columnistas que, al igual que yo, añoraban intercambios epistolares. Cinco profesores de colegio me confesaron haber usado el texto de inspiración para poner a sus alumnos a escribirse cartas entre ellos. Saber eso me hizo caer en cuenta de que es posible que ningún menor de treinta años sepa lo que se siente enviar y recibir cartas por correo físico; expresar sus sentimientos únicamente con lapicero, hoja y mano, sin necesidad de recurrir a emojis, gifs, stickers ni demás recursos que unifican ideas y economizan palabras.

Aún hay más. No sé si sabían, pero en este mundo todavía quedan personas con el espíritu suficiente para vivir de dedicar poemas por teléfono. Una de esas personas se llama María Cecilia Ramírez y, a través de su Cabina Literaria, ha dedicado casi veinte mil poemas en los últimos siete años. Ella también leyó la columna y se le ocurrió ofrecerle el envío de cartas personalizadas a sus seguidores. La mecánica era la siguiente: los clientes llenaban un formulario en donde daban pistas del mensaje que deseaban trasmitirse a sí mismos. Yo interpretaba las pistas y escribía las cartas por ellos. Por último, María Cecilia debía meterlas en un sobre y enviarlas por correo físico. Yo le había advertido que solo tenía tiempo de escribir treinta cartas, pero en menos de dos horas, ya cincuenta y tres personas habían tomado el servicio y, ante el desborde, tuvimos que suspenderlo.

Advierto que suelo conmoverme fácil, sin embargo, les digo que leer los mensajes que la gente deseaba transmitirse, fue lo más impresionante que leí en todo el año. Si no viviera tan ocupada, juro que me dedicaba a escribir cartas, nada más. Qué necesidad de darnos esperanza, de decirnos lo que nadie nos dice, de convencernos de que los errores del pasado no nos definen y que el futuro es algo que se construye con valentía y esfuerzo. Qué necesidad de recibir cartas aunque desafortunadamente, hoy en día, uno mismo tenga que enviárselas.

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