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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 27 de octubre de 2022

Llegó carta

Bajarse del carro aún en movimiento, subir de dos en dos los escalones de la casa de la abuela y hurgar sobre la mesita del recibidor hasta encontrar aquella que tuviera mi nombre escrito a mano con letra temblorosa. Estoy hablando del mayor placer de mi infancia: recibir cartas. Un placer para nada gratuito pues quien las recibe ha de responderlas y quien las manda ha de esperar una contestación que podría demorarse semanas o meses. He ahí otro placer: el de la espera. Las cartas por email no tienen el mismo efecto. Saber que el narratario la recibirá un segundo después de enviada disminuye el esmero en la escritura. Además, la pantalla no puede olerse, lo priva a uno de la emoción de saber que la carta fue tocada y manipulada por la misma mano que la escribió y que hizo un esfuerzo adicional para elegir el papel, el sobre y la estampilla. De niña solía mandar y recibir muchas cartas. Como tenía más ganas de escribir que amigas, un día me apunté en un programa llamado Amigos por correspondencia en donde, al azar, te daban la dirección de alguien de tu edad ubicado en otro país. Aún me sé de memoria algunas de esas direcciones impronunciables a las que tantas veces escribí: Kikkosalmentie 4c31. Helsinki. Ang Mo Kio 43. Singapur.

Años después abrí mi primer email e intenté continuar con el hábito de escribir cartas hasta que me di cuenta de que cada vez eran menos los interlocutores dispuestos a responder a mis letras con el mismo esmero y extensión. En defensa de ellos solo diré que mis cartas eran largas, larguísimas. Hablo en pasado porque la única amiga que me seguía el ritmo no pudo volver a escribirme. La conocí el año en que viví en Londres. Enseñaba español y estaba tan sola como yo. Era la mujer más culta que he conocido y yo era la mujer con más ganas de aprender que ella conocía. Tal para cual.

Lloramos tanto en el aeropuerto el día de mi regreso a Colombia que un oficial nos preguntó si nos pasaba algo grave. Cuando le contamos retorció la boca en una mueca despectiva y dijo: «Bueno, siempre podrán escribirse». En efecto lo hicimos por años y por eso conservo una cantidad considerable de emails. A veces me los encuentro buscando otra cosa y su relectura me recuerda que la mejor forma de conservar el recuerdo de alguien es intercambiando correspondencia de calidad. No hay foto, no hay video, no hay WhatsApp que le llegue a los tobillos a una carta esmerada. La escritura es una de las formas más puras de intimar con alguien. Los sentimientos suelen exponerse con más honestidad y menos acartonamiento, justo por eso, algunas cartas llegan a convertirse en literatura. Hoy temo que el género espistolar esté condenado a desaparecer.

Paradójicamente el último mail que recibí por parte de mi amiga fue el más corto. Decía: «tengo cáncer. Me dieron tres meses de vida. Nunca he sembrado un árbol, hazlo por mí». Elegí un guayabo porque era su fruta favorita. Después de echar la última palada de tierra le tomé una foto y la adjunté a un texto largo que ella no alcanzó a leer. Y eso que lo envié por email .

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